Mi amigo H. es mudo. Aunque a veces nos vemos obligados a recurrir a la escritura, hemos aprendido a entendernos por señas. Detesta el lenguaje de signos; dice que es como hablar a gritos, que cualquiera que le mire puede entenderlo sin que él, eso es lo peor, se de cuenta. Y también porque así solo habla con quienes le apetece; los demás, le sobran. De este modo H. va fijando con cada uno de sus elegidos lo que él llama un código íntimo, que no solo personaliza la relación, una a una, sino que la identifica.

Yo compruebo, sin embargo, que H. ha ido reduciendo, desde que se empeñó en esta salida, su círculo de relaciones y, aún peor, el ámbito de las preocupaciones compartidas. Pese a su habilidad para eludir conceptos abstractos y dirigir la conversación hacia territorios concretos, hay asuntos que se nos escapan. Entonces acude a la tableta electrónica, escribe el término y, juntos, tratamos de encontrar su traslación a nuestro código íntimo. De este modo H. ha ido reservando determinadas cuestiones a unos u otros amigos, porque en este universo ejercer de políglota equivale a una suplantación, a la más aberrante de las falsedades. Somos como nos entendemos.

H. me ha reservado algunas preocupaciones que le inquietan. Desde hace varios meses, después de un par de noches insomnes como consecuencia de unos dolores agudos en el abdomen, me ha confiado en exclusiva los asuntos relacionados con su salud. Como últimamente le observo desganado y un punto demacrado acudo a verle con frecuencia, agito la mano derecha en señal de saludo, sonrío , luego, levanto las cejas y adelanto mi cabeza en señal interrogante. Son sus gestos para preguntarme cómo estoy. Yo puedo decírselo con palabras, no está sordo, pero así ejercito mi amistad, con el secreto de nuestro propio lenguaje.

Ha movido las manos, el rostro, el cuerpo y he ido entendiendo que se encuentra bien, pero indignado. Que ha estado en el médico, que lo hizo solo, aunque suele hacerlo con su madre, y que le ha explicado que tiene unas calcificaciones en la vesícula y que debe pasar por el quirófano. Algunos de estos detalles los he comprendido después de que me enseñara el informe del doctor, que decía otras muchas cosas que no he entendido, aunque, según H., todo lo demás o resultaba inaccesible para mis conocimientos o desaconsejable para mi hipocondría, que me hace padecer todas las enfermedades de quienes las sufren a mi alrededor.

He tratado de animarle, pero no le ha gustado. Me he precipitado. No era eso lo que quería contarme ni lo que esperaba de mi. Está indignado; tanto, que sus gestos se atropellaban y en su frenesí ha tratado de emitir sonidos, algo que desde hace ya bastante tiempo evitaba. A duras penas ha aceptado explicármelo a través de la tableta.

– El médico me ha preguntado si tengo un seguro privado.

– ¿Y le has dicho que no?

Sus ojos han respondido, “claro”. Luego ha gesticulado para decirme que el médico lo ha lamentado. Si lo hubiera tenido, mañana mismo estaría operado. Por la vía ordinaria, tendrá que esperar a que le citen. Le he recomendado paciencia, le he hablado de las listas de espera, de los atascos en las urgencias, de las plantas congestionadas por culpa de la gripe… Pero se ha enfado aún más. El médico había repetido la misma pregunta y había recibido la misma respuesta cuando le planteó la necesidad de que le hicieran una ecografía de la zona abdominal. Ha vuelto escribir.

– ¿Es que la Seguridad Social es el comercial de las aseguradores privadas?

Me he rascado la cabeza. Y él ha reproducido el mismo gesto. Luego, ha gruñido. Ha escrito.

– ¡Qué país de mierda! ¡Y de la sanidad, ni te cuento!

No me ha parecido que lo dijera por despecho. Tampoco porque estuviera asustado.

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