Luis Landero deslumbró a la crítica con Juegos de la edad tardía. Un autor novel conseguía aquel año (1989) el Premio Nacional de Narrativa, el de la Crítica y el Ícaro. Un desconocido, ajeno a los saraos literarios, desbancaba con su ópera prima a autores que en esas fechas habían añadido nuevos títulos a su currículo: Javier Marías, Eduardo Mendoza, Antonio Muñoz Molina, Juan Eduardo Zúñiga, Francisco Umbral, Almudena Grandes, Juan Benet o Bernardo Atxaga. Una sorpresa. Un descubrimiento.

Desde entonces el escritor de Alburquerque (Badajoz), asentado en los barrios de La Prospe y Chamberí de Madrid, traspasado del campo a la ciudad, de un siglo a otro, habitante de una casa en la que no había un solo libro, crecido en la calle, en “el limpio y humilde batallar de los días”, que encontró sustento y diversión en la guitarra y el flamenco hasta que el “afán” que le inculcó su padre se abrió camino a través de la Universidad le convirtió en profesor de literatura en un par de Institutos y, luego, en la Escuela de Arte Dramático, tras residir durante algún tiempo en París.

Su propio afán, cuestión central de toda su obra, escondía otra verdad: Landero fue, hasta su jubilación, “un escritor que daba clases, no un profesor que escribía”. De ahí, tal vez, la sorpresa, el descubrimiento, de su aparición y su progresión en el ámbito literario hasta el pleno reconocimiento como uno de los autores fundamentales de la narrativa española contemporánea.

Así lo reconoce, por ejemplo, el último número de la revista Turia, una referencia entre las publicaciones sobre literatura en español, que le dedica el cartapacio central, coordinado por la hispanista francesa Elvire Gómez-Vidal, y en el que, aparte del propio Landero, escriben sobre su obra especialistas y escritores reconocidos: Gonzalo Hidalgo Bayal, Fernando Valls, Alfonso Ruiz de Aguirre, Luis Beltrán y Natalie Noyaret, entre otros.

Tras Juegos de la edad tardía llegaron Caballeros de fortuna, El mágico aprendiz, El guitarrista, Hoy Jupiter, Retrato de un hombre inmaduro o Absolución; e intercaladas entre las obras de ficción sus reflexiones Entre líneas: el cuento o la vida o Cómo le corto el pelo, caballero.

“Internarse en la obra de Luis Landero”, explica Gómez-Vidal, “ es ingresar en un universo inmediatamente reconocible por lo que se podría llamar un ‘estilo’ inimitable, dotado de una agradable fluidez pero también de gran densidad, sutil y profundo aunque de aparente sencillez y hasta de ingravidez a veces”. Añade la hispanista que la obra de Landero “se resiste a las categorizaciones o a los encasillamientos porque tiene voz propia en el panorama de la narrativa española actual, una obra que ha creado un ‘lenguaje’, un ‘idioma’”.

Sobre Luis Landero se repite con frecuencia su consideración como escritor cervantino. Lo es, por su profunda originalidad, “fruto de la escritura pulida, cincelada, de absoluta precisión, de una diversidad y de una amplitud léxica impresionantes”; por sus referencias a una cultura literaria clásica y popular, que “nutren toda una meditación filosófica carente de pedantería” y recorren toda la escala de la comicidad, que con frecuencia generan los ”desajustes entre las ambiciones de los personajes y la ruin realidad”.

Las historias del escritor extremeño narran las aventuras vivenciales de unos personajes “mediocres”, de unos antihéroes enfrentados a un mundo enmarañado y dominante, impulsados por la fuerza del deseo, el afán; “héroes de la cotidianidad”, como los define Raúl Nieto de la Torre.

Gonzalo Hidalgo Bayal lo sintetiza con expresiones del propio Landero: gente chica frente a la gente gorda. Muchos de los héroes de Landero coinciden con sus heterónimos. Y a través de ellos, como sugiere el autor de El espíritu áspero, busca “la verdad interior de sus personajes, los vínculos entre los individuos, las relaciones de poder, la oposición dialéctica entre el ser y el parecer, el papel del azar, de la fortuna, de la fatalidad en la existencia del hombre, su lucha por conquistar esa verdad y el lugar exacto y adecuado de uno en el mundo hasta pactar un compromiso entre la realidad y los ensueños”.

El recorrido iniciado con Juegos de la edad tardía, alcanzó un momento culminante en El balcón en invierno, donde el permanente juego entre la biografía y la ficción se decanta por un ejercicio en el que renegar de la fábula equivale a transformar el relato más íntimo en pura literatura. Antonio Rivas indica que en esta obra, “la autobiografía se postula como esa voluntad por restañar la fractura del autor con lo social, en un intento también de sacar a la literatura de su ensimismamiento y de su desprestigio”; de manera que el relato, eminentemente autobiográfico, supone “una reconciliación personal y del autor con el oficio, experiencia ejemplar que implica la vindicación de un espacio público para la literatura”

Después llegó La vida negociable y el indiscutible escritor cervantino, amén de socrático, kafkiano o camusiano, se hizo también quevedesco y picaresco. Buenos cómplices para solo un nombre propio: Luis Landero.

(Este artículo fue escrito para Torre del aire con motivo de la celebración de la Feria del Libro en Salamanca).

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