Vuelven los tanques a la Castellana, los aviones de combate al cielo de Madrid, la cabra al podio; con las autoridades del Estado en pie y en posición de saludo. En la capital del reino se despliegan banderas: una, española, gigante, en el centro de la urbe; otra, aymara, discreta, en la fachada del ayuntamiento. foreign201410130852000106315302205En Badalona los concejales abren las puertas municipales para desacatar al juez que les obligó a respetar la fiesta y distintas fuerzas políticas catalanas reniegan de los festejos e incluso de la fecha.

El disparate de la fiesta nacional lo es, en sí misma, aunque resultaría antológico, si no fuera porque a la mayoría de los ciudadanos lo único que les importa es el descanso laboral o la manera de entretener a los niños, precisamente hoy que amenaza lluvia. No obstante, en este caso son muchas las personas que vuelven a sentarse ante el televisor porque hay escenografías seductoras: las que generan, por ejemplo, el terror y la fantasía, la épica y la mística (y en este día, la pequeña pantalla alterna lo bélico con la virgen del Pilar, que también tuvo lo suyo).

Iñaki Gabilondo lo explica con pinceladas tan duras como irrefutables:

“La Fiesta Nacional es una buena ocasión para contemplar el paisaje con mirada panorámica: lo que vemos es bastante penoso. Con el jefe del Estado neutralizado, con el primer partido en el banquillo, el segundo en el psiquiatra, el tercero en boxes, el cuarto tratando de averiguar qué pecado ha cometido, con el parlamento catalán enfrentado al Estado, con las dos principales formaciones políticas del país reducidas a serrín en las principales nacionalidades, con las reformas pendientes entre telarañas y con todos los debates nacionales grandes o pequeños infantilizados e histerizados en las redes sociales. España le parece una broma hasta a Europa que es un circo.

Por fortuna, los españoles tenemos un cierto espíritu ácrata, y abandonados a nuestra suerte, nos arreglamos bastante bien. Además, España se ha “rajoyizado”, y ha hecho suya esta impavidez de beduino gallego en el desierto que caracteriza a nuestro presidente en funciones. Así que, señoras, señores, Dios proveerá y mañana será otro día. Feliz fiesta.

Esta fiesta nacional tiene un origen perverso. Lo resumía Paco Ibáñez versionando a Georges Brassens:

espa-a-fiesta-nacionalCuando la fiesta nacional
Yo me quedo en la cama igual,
Que la música militar
Nunca me supo levantar.
En el mundo pues no hay mayor pecado
Que el de no seguir al abanderado;
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe

Cualquier fiesta nacional tiende a la aberración. Sin embargo, la fecha del 12 de octubre contiene valor simbólico suficiente para ser una fiesta civil, muy por encima de los desgarros que la historia guarda, de la que nadie se salva y, sobre todo, de lo nacional. Esta fecha podría ser la celebración de un encuentro irrefutable y servirnos para pedir perdón, para celebrar lo compartido, para comprometernos, juntos, frente al futuro. Muchos de los que denuestan el 12 de octubre han vivido momentos de íntima fraternidad con personas de la otra orilla y sentido querencias y sueños comunes. ¿Hay algún motivo más cierto para irnos de fiesta?

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La lluvia tendrá esta vez efectos benéficos: reducirá la parada militar. Algo es algo, porque, es verdad, el ejercicio castrense atropella la razón. Todavía duele.

Es posible pensar otra fiesta. Sobras los motivos…

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¿O no?

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