Llevo algún tiempo deseando desarrollar un par de ideas que van ganando terreno en mi cabeza.

La primera. Merecería la pena desarrollar un análisis minucioso y prolongado de la estructura y contenidos de los telediarios o, mejor aún, de todos los informativos de televisión. Tal vez, se plantearían algunos asuntos destacados, más allá de la consabida manipulación o de la mera selección de las noticias: la abundancia de informaciones superpuestas, descontextualizadas, amontonadas y revueltas de cortísima duración que se neutralizan las unas a las otras por su apariencia irrelevante; y la dedicación del reportaje a cuestiones “de interés general” (relacionadas con la salud, los sucesos, las curiosidades o la cultura casi siempre concebida como espectáculo) ajenas al debate público. La televisión pública, si aborda alguna de las cuestiones controvertidas, procura resolverlas con una superposición de declaraciones valorativas o datos contrapuestos destinados a ocultar el propio debate, a impedir la comprensión del problema y a banalizar la posible controversia. Esta manera de informar parece cubrir las expectativas del ciudadano, pero, en el fondo, responde a un interés absolutamente distinto: evitar la participación y la actividad política que le corresponde al ciudadano.

La segunda. En los medios que parecen rechazar esa fórmula, suele imponerse otra no menos paralizante; sobre todo, en la radio. El conductor y sus tertulianos se convierten en los intermediarios exclusivos de la información y la opinión (el recurso al “yo” resulta, por abusivo, despreciable) en formatos de extraordinaria duración que parecen encaminados a demostrar la “razón” incuestionable de los intermediarios. Para ello, en muchos casos, se trata de conducir el debate a caminos recurrentes, a reducir las ideas a eslóganes, a exigir a cualquier interviniente que acepte el debate en aquellos términos (no en los que este desee proponer), a reducir la realidad a clichés, a limitar las opciones a las marcadas de antemano y a proclamar la suprema verdad del a priori. No se pregunta o no se escucha. O simplemente se dirige la conversación a los límites de lo que supuestamente interesa, aunque no sea lo que importe, en aras, por ejemplo, de una concepción de la política (tanto por parte de los que la apoyan y como de los que la denuestan) que confunde la acción en pro de la ciudadanía con la lucha por el poder, la actividad reguladora de la convivencia con una guerra de principios sin pasar por el análisis de la complejidad, el vocerío con la pluralidad y, aún peor, la inteligencia.

Y por lo uno y lo otro, así nos va. Ni nos enteramos de lo que nos pasa ni sabemos qué hacer. Porque o nos sumamos al barullo, al cabreo o al silencio, a la búsqueda de soluciones ingeniosas o a pontificar como uno de ellos por las esquinas y sin altavoz. Y así pasa, que el que se empeña en preguntarse cada vez entiende menos. Y se aburre de repetir lo mismo ante diferentes realidades por convicciones más o menos prestadas, y se aleja del circo. Mientras, los otros se ufanan de llevar años o siglos repitiéndose a sí mismos en las situaciones más dispares e incluso inéditas sin necesidad de entender la complejidad de la cebolla o el ajo. Y así olemos: todos.

Sin embargo, pese a todo… hay gente que se entera, aunque sean muchos más los que lo saben todo. ¡Dios nos libre!

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