El niño paseaba distraído por una calle peatonal de Salamanca, muy próxima a su Plaza Mayor. El chaval corría y saltaba; unas veces, delante de su progenitor; otras, detrás. Algo le detuvo: un hombre arrodillado a un lado de la rúa. El chiquillo corrió hasta su padre y, tras una breve conversación, regresó junto al mendigo; habló con él y le entregó una moneda. Luego, corrió y se agarró a la mano del padre. Ya no jugaba.

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