Su Majestad ha estado este año soberano. En el caso del Rey quizás resulte inevitable, pero el discurso navideño tenía en esta ocasión sus dificultades y casi nadie ha puesto en duda el éxito total de la alocución: un ejercicio impecable e impagable de responsabilidad, mesura y claridad.

¡Qué valor! ¡Con qué convicción y empeño defendió la ejemplaridad de los comportamientos de todas las personas con responsabilidades públicas, con qué firmeza aseveró que las conductas censurables deben ser juzgadas y sancionadas, con qué responsabilidad defendió por encima de algún desvío casual la credibilidad y el prestigio de las instituciones, y con qué arrojo ratificó el estado de derecho en el que la justicia es igual para todos…!

Tal vez cabría formular un pequeño matiz a modo de objeción: si alguien debiera pasar de puntillas sobre ese principio que pretende igualar a todos ante la justicia, ese sería él. Y no solo porque muchos ciudadanos no entienden a qué se refieren quienes más hablan de tanta igualdad, sino, sobre todo, porque Su Majestad es manifiesta y legalmente des–igual ante la ley.

Al Rey, por poner un minúsculo ejemplo, no se le puede acusar ni condenar por encubridor. Porque no puede serlo, aun en el supuesto de que se haya empeñado en ocultar conductas censurables, juzgables e incluso sancionables. Menos aún se le puede acusar de cómplice. Sólo él no puede serlo, porque lo dice la ley que –según dice él– es igual para todos. Y tal vez ni siquiera pueda ser responsable del deterioro y la falta de credibilidad de las instituciones, porque para defender la más significativa del país o la nación española ya no puede hacer más. Si hubiera podido, habría escondido o alejado los desvaríos a su alcance y a su vista y habría protegido hasta la extenuación el buen nombre de la familia real e incluso de la salud coronaria … Lo hubiera hecho, pero, aunque se empeñe, no puede ser encubridor ni cómplice ni delinquir por el bien de España y sus instituciones.

Para demostrar el afán con que él nos reina, está pensando en darnos cuenta de sus ingresos y sus gastos; todos legales, porque no cabe otra posibilidad.

Visto así, ¿qué falta nos hace conocer su patrimonio?

De un Rey, de Su Majestad, nos basta con saber que no es nada lo del ojo.

 

Más defensores de las instuciones

Escuchado el discurso –o eso, al menos, se debe suponer–, PP, PSOE e incluso la independiente y crítica Rosa Díez corrieron a aplaudir al Monarca para pedir a los ciudadanos que defiendan las instituciones con la pasión con la que ellos se emplean en ese empeño. Sesenta horas después del discurso, el frenesí les mantenía arrebatados, por lo que el Parlamento en pleno tributó dos minutos de aplausos a Su Majestad hasta emocionar  al Rey y a la familia que le acompaña en público. Es posible que la corona dejara escapar una lagrimita en forma de piedra preciosa.

Están en su derecho y además tienen razón: los ciudadanos no pueden poner en cuestión las instituciones. Tienen que defenderlas. Como lo hace el PP de Camps, Matas, Fabra… y sus encubridores: Trillo, Rajoy… Como lo hace el PSOE con su cargamento de pringados, ventajistas, chalanes urbanísticos, promotores de eres familiares o graciosas concesiones a banqueros y empresarios… y sus encubridores, cuando menos, Chaves, Blanco… Como lo hace CiU,  que combate el continuo olor a podredumbre, con palaus, comisiones y desprecios. Ycomo hace la coherente Rosa Díez que hace lo que mismo de lo que se queja.

A los ciudadanos nos corresponde respetar e incluso defender a las instituciones. Y no hay duda: en términos generales, estamos en la línea de las reales instituciones y sus corifeos. Por algún lado tendríamos que igualarnos; siquiera, para no desmentir a nuestros próceres.

 

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