Me aturde la noticia de la muerte de Julián Rodríguez.

Estaba enfermo. Se había retirado a la sierra segoviana. Había renunciado a su ritmo sin descansos. Había cerrado sus galerías en Cáceres y Madrid. Había mantenido la supervisión de Periférica y las coediciones con Errata Naturae, la editorial de su compañera Irene Antón. Pero…

Tanta renuncia no ha sido suficiente. Julián Rodríguez (Ceclavín, 1968) ha muerto.

De todo ello, menos de su muerte, hablé hace un par de días con un librero cacereño amigo suyo, al que compré un libro de Julián que no había leído:  los tres relatos cobijados bajo La sombra y la penumbra; unos textos, según el librero, pioneros de la corriente actual sobre lo rural y la España vacía.

Descubrí a Julián Rodríguez en Ninguna necesidadUnas vacaciones baratas en la miseria de los demás y disfruté con Cultivos, una propuesta cultural, no solo literaria. La experiencia de las gentes del campo junto a citas que ponían en evidencia su complejo y profundo bagaje intelectual me cautivaron. Y la unión de cultivos y cultura se instaló en mi reflexión personal de manera irreversible mucho más allá de la etimología común de ambas palabras.

Sólo pude hablar con él un par de veces. Intenté, sin éxito, que participara en unas jornadas relacionadas con Las Hurdes, donde se arraiga buena parte de su familia. Hace unos días coincidí allí con algunos familiares de Julián, en un acto que rendía homenaje a personas para él muy cercanas.

Sus conocimientos en arte y en literatura, su sensibilidad para actividades relacionadas con la comunicación, su perspicacia para convertir una editorial incipiente en referencia indispensable, casi de culto, gracias a su dedicación como editor… Ha sido un referente en la cultura española moderna. Y en la extremeña, a sus 50 años, parece un patriarca. Su amparo elevó algunos trabajos desarrollados en estos lares a la categoría de imprescindibles.

Otros le conocen mucho mejor. Álvaro Valverde o José Andrés Rojo, por ejemplo. Yo solo puedo decir que le seguí y que le admiré por todo lo que hizo y lo que quiso hacer. Y me perseguirá el fantasma de por qué, siendo tan generoso, renunció a ir a Las Hurdes, donde vivió él y donde vive parte de su familia, hace ahora seis años.

 

 

 

 

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