En algo más de seis meses, dos elecciones. ¿Para que la segunda resolviera los problemas que no se resolvieron tras la primera? ¿Para poner en evidencia a los impulsores declarados de la repetición de los comicios?  Hemos seguido el recuento y los análisis de los resultados del 10N con la perspectiva del 28A.

28A. Avanza la jornada electoral. Los datos previos al inicio del escrutinio se limitan a la participación popular en las urnas. ¿Puede ser significativa de algo?

A las 18:00, supera en 9,5 puntos la registrada a esa misma hora en las elecciones de 2016. Del 50,21% ha pasado al 60,76%. No está mal. Pero, ¿cómo interpretarlo? ¿Por el tirón del voto proVox o del antiVox? ¿Se trata de algo bueno para la izquierda o para los nuevos? Los politólogos conjeturan.

10N. La participación a las 18:00  cae 3,9 puntos con relación al 28A. Del 60,74% ha bajado al 56,86%. ¿Cómo interpretarlo? ¿Desmovilización por el cansancio? ¿En general o en opciones determinadas? ¿Cosas de la meteorología o del enfado? ¿Vox se ha convertido en un paliativo de la abstención, por los que lo votan y por los que lo combaten?

¿Y en el caso de Cataluña? A esas mismas horas la participación sobrepasa en 18 puntos la de 2016 y alcanza el 64,20%; un dato netamente superior a la media española. ¿Qué será, será? ¿Una respuesta proindepedentista? ¿Una contradicción más de quienes abogan por la escisión al mismo tiempo que se vuelcan en la decisión más representativa de la existencia de un Estado único y de una representación común?

En Cataluña el descenso de la participación es algo mayor que en el conjunto de España: 4,3% en Girona, 4,4% en Barcelona, 4,5% en Tarragona y4% en Lleida. El dato no parece muy distante del general. ¿Y las motivaciones? En cualquier caso, Cataluña será un elemento decisivo, más que para la participación, para los resultados electorales.

19:30. Se acerca la hora del sondeo electoral encargado por RTVE. Se trata de un recurso para entretener al personal y esquivar el desajuste horario de Canarias, que impide la publicación de datos ciertos hasta las 21:00. Apenas la televisión pública se mantiene firme a la tradición encuestadora, pese a su elevado coste y a su falta de interés práctico. En las últimas ocasiones, las predicciones a pie de urna han chocado con la realidad. ¿Preverán el escrutinio o añadirán confusión? De las expectativas que genere, dependerán muchas explicaciones al término de la jornada. Otro absurdo.

Todo sigue igual.

20:00. El sondeo anuncia que el gobierno de España puede seguir en manos de quienes apoyaron al gobierno ahora mismo en funciones.

En concreto:

El 10N pronostica estos resultados:

 

El sondeo no plantea grandes cambios respecto a las previsiones demoscópicas. En particular, con relación a las del denostado CIS.

El sondeo plantea un futuro imposible y pone en entredicho a la izquierda que negó un acuerdo probable. Y deja en evidencia al denostado CIS y a algunos gurús convertidos en ludópatas de la política.

Falta una hora para empezar a saber. ¿Para qué hacer comentarios sobre una hipótesis o, tal vez, sobre un esfuerzo inútil? Los medios se afanan en ello.

Sin cambios.

Datos ciertos

El primer dato sólido, definitivo, es el de la participación: 75,79%. Una presencia ciudadana en las urnas importante.

La participación se reduce el 67,47%; es decir, 4,29 puntos porcentuales menos. Un dato negativo, aunque inferior al anunciado por buena parte de los pronósticos,

Luego llega el recuento y, poco a poco, se van precisando las cifras. De esta guisa.

 

Y también el 10N tuvo un recuento progresivo. De esta guisa.

 

24:00. ¿Y ahora, qué?

La valoración depende de las expectativas. Nadie puede presumir de un éxito inequívoco. A lo sumo, quienes se acercaron a las urnas acuciados por el miedo a una victoria del tripartito de la derecha pueden irse a la cama con la camisa asomándoles al cuello. Ni eufóricos ni satisfechos, aliviados. Y tal vez, inseguros, inciertos. Pero pronto surgen certezas perfectamente rebatibles. Es lo que tiene el miedo, que genera mecanismos de ataque y de defensa, que actúa como estimulante y como antídoto, que confunde.

Algunas diferencias relevantes: el miedo al tripartito se ha convertido en pánico. El auge de la barbarie ultra angustia: va a condicionar el futuro. Solo el descalabro de Ciudadanos alivia a quien forzó la nueva convocatoria electoral habilitando las opciones  que suman PSOE + Podemos + Más País + PNV y algún otro… Las dudas fundamentales se ciernen ahora sobre las actitudes para una negociación aún más difícil que antes.

Los resultados electorales se miden como si se tratara de un evento deportivo: ganar o perder, éxito o fracaso, premio o castigo. Los programas especiales de las cadenas de televisión –especialmente, las que reivindican su cualificación informativa– ratificaron esa aberración. Los procesos electores no son eso. Incluso aceptando el símil, resulta más fácil reconocer a los que perdieron que a los vencedores. Se demuestra, pues, el equívoco de la comparación.

Esta vez se reconoce una victoria inquietante: la de una ultraderecha que atenta contra la propia democracia. Ese hecho condiciona a todos los actores e incluso al tablero sobre el que se representa la actividad política. Se atisban cambios. El PP ha quedado inhabilitado para la más mínima negociación con el PSOE; está condenado a una derecha neta, sin ambages; cualquier aproximación a los socialistas reduciría su espacio y engordaría a Vox. El acuerdo PSOE-Podemos, que antes fue posible y conveniente –para evitar siquiera la reiteración de los comicios– ahora se torna imprescindible. O tal vez, inevitable.

Hay quienes salen malparados: Aznar, Casado y sus nuevos adalides: Suárez, Álvarez de Toledo… Algunas paradojas tienen valor de símbolo: el jefe de campaña del PP busca empleo, el glamur radical de algunas voces se desvanece o se transmuta en silencio, y los bárbaros de Vox, pese a ganar espacio para el grito –el que les otorgará un Parlamento al que no respetan–, comprobarán su inanidad en la toma de decisiones.

Los nuevos resultados arrojan un panorama inédito. Los malparados ahora son Albert Rivera y Ciudadanos.  Eso parece. Pero también hay que incluir en la nómina de damnificados al PP y a Casado, amenazados por la presión de Vox, que apretará desde el extremo para impedir cualquier tentación centrada. Y hay que añadir a PSOE y Podemos en la lista de perjudicados: abonaron la  repetición de elecciones para dejar más que pelos en la gatera. Ahora están obligados a acordar y a hablar claro.

¿Y quien sale bien parado? Ahora mismo no se sabe. Todo depende de cómo se administren esos resultados en pro de una acción legislativa y de gobierno que mejore la vida de la mayoría de los ciudadanos. Y eso habrá que ir viéndolo. Para empezar, en la gestión de los primeros acuerdos. Ahí empieza lo que verdaderamente importa.

¿Sale alguien bienparado de este envite? Mejor no reiterar lo señalado. ¿Puede ganar el conjunto de la sociedad española? Cabe la posibilidad de que, tras tanto disparate acumulado, haya llegado el momento de variar el rumbo y entrar en razón. Habrá resistencias.

Es hora de cambiar los modos de la política: decir lo que se piensa sin buscar réditos inmediatos, explicar lo complejo, razonar sin pausa, fijar criterios, estimular la reflexión y el debate, acabar con los ludópatas de la política, denunciar la mentira y creer en los valores que deben articular una sociedad libre y solidaria. Amén.

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