Lo ha dicho el líder de los republicanos en el Congreso de Estados Unidos para que lo entienda Obama y lo entendamos todos: la culpa es del presidente por “insistir en que el aumento de los impuestos a las rentas más altas sea parte del acuerdo”. ¿A quién se le ocurre querer financiar de ese modo el presupuesto defendido por Obama?

El desacuerdo manda a 750.000 personas al paro y reducirá el PIB norteamericano en un un punto, por lo menos. El ejército, pero también la sanidad para las personas con menores rentas, la educación y la investigación se verán afectados.

La mayoría del Congreso queda complacida: lo importante es rebajar el gasto público.

¿Se entiende aquí el mensaje?

¿Se entiende el que llega de Italia?

Por una parte, el cirio interno. Se busca a diputados con sentido de la responsabilidad pública. ¿Podrán alcanzar una mayoría para resolver lo urgente y establecer un rumbo nuevo?

Bersani se enfrenta a un problema de envergadura, mucho más complicado de lo que se pudo prever. Porque además de gris es también un hombre solo.

En Italia, de manera casi desesperada, y en Europa, donde él cree que debe estar la solución, más o menos. Por eso busca, sin disimulo, el apoyo de Hollande, único aliado posible: “A todos ha de entrarles en la cabeza que la reducción de la deuda y el déficit es un tema que ha de plantearse a medio plazo; ahora hay otra urgencia absoluta: el empleo”.

Será difícil que le escuchen. Ya se acordó la reducción del presupuesto europeo, a plena satisfacción del gobierno español, por ejemplo, y la mayoría de los países de la órbita alemana prefieren la ideología republicana, en clave norteamericana, a la demócrata.

En España el límite del déficit se instauró en la Constitución y el PP sigue empecinado para sus adentros, aunque a veces quiera interpretar otra música, en la reducción de los servicios públicos. Almunia, en plan rotermeyer desquiciada, se alía para colmo con Olli Rehn y grita: “El problema no es Bruselas, sino Italia”.

Y usted, seguramente, y yo y muchos otros también debemos ser el problema. Y puede incluso que seamos mayoría.  Pero eso sólo cuenta cuando así lo deciden quienes tienen razón, que siempre son otros. Ahí radica el mayor de los problemas.

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