Paul Krugman recordaba ayer en El País cómo la administración Bush había impulsado en Irak, en los momentos previos a la guerra civil, mientras los saqueadores merodeaban las calles de Bagdad, un plan de acción que consistía en “corporativizar y privatizar las empresas de propiedad estatal” y en “conseguir que la gente se olvidase de la idea de que el Estado lo mantiene todo”. Y cómo esa obsesión por la privatización era “el eje de La doctrina del shock, el exitoso libro de Naomi Klein, que sostenía que dicha privatización formaba parte de un patrón más general. Desde el Chile de los años setenta en adelante, señalaba, los ideólogos de derechas han aprovechado las crisis para impulsar un programa que nada tiene que ver con la resolución de esas crisis y mucho con imponer su visión de una sociedad más dura, más desigual y menos democrática”.

Y me pareció que lo dicho por Krugman, o por Klein, resultaba irrefutable, aunque frente a esa realidad poco hayamos objetado o aunque sólo se haya objetado con los clichés de unos planteamientos o unos intereses que en la actual sociedad no se sostienen.

Por lo uno y por lo otro así estamos.

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