Día 23

Debían ser las seis y poco de la tarde. Estaba en Madrid. Acababa de reunirme con el responsable del equipo jurídico de El País –creo recordar que se llamaba Carlos Córdova– en su despacho particular. Había aceptado defenderme ante el Supremo del delito de injurias por el que acababa de condenarme la Audiencia provincial de Valladolid y, además, me había animado a confiar en una solución favorable.

Aquella condena parecía de otra época, aunque no tan lejana. De eso habíamos hablado. Los hechos no merecían la severidad de la sanción y las pruebas contradecían lo que se declaraba probado. A fin de cuentas, había escrito solo un poco de lo que podía demostrar. Sin embargo, el fiscal vallisoletano, rojo de ira, me había insultado, había solicitado un castigo ejemplar, porque, lo dijo tal cual, ¡qué se han creído que son estos periodistas! Y el juez le comprendió hasta el punto de que se adhirió a la propuesta.

000142160– No te preocupes, todo esto está cambiando. Mañana me dejas un poder notarial con el resto de la documentación y te despreocupas. Yo te iré contando.

Así, confiado en el futuro, entré en una pequeña papelería próxima al despacho del abogado para comprar no recuerdo si recambios para la pluma estilográfica o algo similar. La tienda era minúscula: un mostrador de un par de metros de largo frente a la puerta de acceso, unas estanterías con lápices, bolígrafos, blocks, carpetas, y una cortina estampada, de cretona, que ocultaba lo que cabía suponer como trastienda. No había nadie. Alcé la voz.

– Hola… Buenas tardes…

tejeroTras la cortina, apareció al fin, apresurada, inquieta, una mujer de mediana edad, pequeña.

– ¡Dios mío, dios mío…!

– Señora…

– Guardias civiles, guardias civiles… Lo dice la radio. Dios mío, dios mío. ¡Acaban de entrar en el Congreso!

– Señora…

Creo que hice la compra prevista, pero no lo recuerdo; corrí hacia el coche, puse la radio y me hice fuerte dentro del cuatrolatas, por lo que pudiera pasar.

1395615410_606291_1395615704_noticia_normalTranscurridas unas horas llamé a mis padres por teléfono. Vivían en Salamanca y con ellos había dejado a mi, entonces, única hija.

– No te preocupes por la niña. Está muy bien y, hoy, aquí, mucho más segura conmigo que contigo.

Me sorprendió, pero no había duda. Mi padre tenía razón.

Por la noche acudí a la Carrera de San Jerónimo, vi a José María García moviéndose encima de la furgoneta, leí El País y, a la postre, dormí en casa de una amiga. Cuando nada se puede hacer, suelo pensar para qué preocuparse; ¿ayudaría en algo? Antes recordé la profecía del abogado: “todo esto está cambiando”.

Apenas unas horas después la posible revocación de la sentencia era ya lo de menos.

 

Día 24

Amaneció un día mejor iluminado. Acudí a la notaría a media mañana, siempre con la radio calada en las orejas. El trajín era enorme, similar, aunque en diferente escala –pensé entonces–, al que describían los periodistas desde las inmediaciones del Congreso y al que yo mismo podía ver en un televisor instalado en el amplísimo y superpoblado vestíbulo, entre cuchicheos inciertos y evidentes enojos. Gentes, todas, vestidas de gris. Me mentalicé para, llegado el caso, negar lo que pensaba.

golpe10Abandoné aquel antro de otro tiempo cuando el Congreso había sido liberado en medio de la indignación de no pocos trabajadores de la notaría. Me dirigí al despacho del abogado, que, como había previsto, no estaba. Dejé los documentos en la conserjería y regresé a Salamanca, porque mi hija, ahora, también podía estar segura conmigo.

No volví a hablar con el abogado hasta tres años más tarde. Le llamé al saber que me habían denegado el pasaporte por tener antecedentes penales.

– Claro, es que estás condenado en firme. No recurrimos la sentencia.

– Pero yo le dejé la documentación como usted me dijo.

– Yo no recibí nada. Nunca volví a saber del asunto. Pensé que habías desistido.

Quince días más tarde de esta conversación recibí un documento certificado. Era del Supremo. Me comunicaba que la documentación remitida por la Audiencia de Valladolid acaba de ser registrada en el Tribunal Supremo: disponía de quince días para presentar recurso.

Volví a hablar con el abogado. Le recordé las circunstancias que rodearon nuestro primer encuentro y reconoció que había pasado varios días sin apenas dormir y que tal vez…

Tres años para viajar de Valladolid a Madrid, algo que ahora, con el AVE, se hace en 40 minutos. Otras muchas cosas siguieron sin cambiar. A mí, de hecho, me ratificaron como culpable. Y tuve que arrostrar, con orgullo–eso pensaba–, la condición de delincuente. Los que asaltaron el Congreso es posible que hicieran lo mismo. Aunque no existiera entre ambas circunstancias la más mínima coincidencia.

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