Todo lo que va mal es susceptible de ir a peor.

No solo eso: con frecuencia… va a peor. Y algunas veces, a fatal.

En estos casos no falta gente dispuesta a echar una mano e incluso a poner en juego honor, hacienda y hogar; los propios y también los de aquellos en cuyo nombre dicen actuar.

Les va en ello un hueco en la historia o en la cárcel –o en la historia y en la cárcel simultáneamente–, en el espacio de los indignos o de los despreciables

En esas estamos, a esas volvemos, en esas crecemos hasta el apocalipsis final –si fuere menester.

La emoción se confunde con la sinrazón.

Las banderas se agitan como armas.

La intransigencia y la ira se imponen sobre la convivencia.

Quienes con mayor insistencia hablan de los derechos de los más vulnerables ignoran los efectos de sus decisiones sobre ellos.

En esta gresca hay pirómanos acreditados y bomberos irresponsables.

Y algunos que se frotan las manos por la ilusión del paraíso o por el placer del caos –o por lo uno y lo otro a la vez.

¿Servirá todo esto para algo que no sea la frustración o la derrota, personal y colectiva?

Muchas personas se sienten desconcertadas y aún son más las que sufren.

Otra vez el nudo en la garganta.

La España responsable no pudo imaginar esta catástrofe.

¡Qué tristeza! ¡Cuánta pena!

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