La serie narrativa del Proçès ha tenido capítulos para la elegía y para la épica, para el drama y la comedia, para el thriller y el terror, para la ciencia ficción y, no cabe descartarlo, el culebrón… La novela rosa ha quedado en la intimidad y el periodismo ha asomado a trompicones, contaminado en muchas ocasiones por la manipulación, las tertulias o el espectáculo.

Para definir este Procès acuñamos aquí, hace ya buen tiempo, la denominación de Disparate nacional. Transcurridos muchos capítulos, ese término se mantiene vigente asociado a un género esencialmente español, el esperpento. Lo inventó Ramón María del Valle Inclán y se basaba en un hecho ahora evidente: la verdadera realidad de Cataluña y España es la que reflejan los espejos deformantes que el dramaturgo gallego encontró en el Callejón del Gato y que ahora, aunque virtuales, se ubican en los respectivos gobiernos y parlamentos.

El episodio del día en torno al Caso Catalán ha sido puro esperpento. Lo que se preveía a medianoche se quedó obsoleto a mediodía. Lo que se anunciaba como definitivo a mediodía dejaba de serlo antes de que se iniciara la tarde. La zozobra se acrecentó y las dudas se agigantaron hasta el extremo. Convocatoria de elecciones, anulación de la convocatoria, mensaje difuso del president en el que asumía tener que hacer lo que no quería hacer, pese a que toda la capacidad de decisión estaba en sus manos, debates simultáneos con el artículo 155 de fiondo en el Parlament y en el Senado…

La coherencia, el rigor, la claridad, el mismísimo seny y hasta la puntualidad han desaparecido de este Disparate y, con ello, la confianza, la credibilidad, el respeto y, si cabe, la legitimidad que están obligadas a reclamar, y a merecer, las instituciones representativas. Tanta confusión solo puede abocar al más profundo desprestigio, a partir del cual ya no hay quien puede salir en su defensa.

¿Alguien sabe qué modelo democrático rige, por ejemplo, en Cataluña? ¿Qué papel corresponde a las instituciones, a la calle, a particulares, a cargos no ejecutivos, a asociaciones con mayor y menor influencia, a medios de comunicación o a algún editor…? Todos ellos deben estar sobre el tablero porque todos ellos forman parte del juego democrático, pero quizás haya que reconocer que para decidir solo tienen capacidad y competencia los que pueden ser reconocidos; es decir, aquellos a los que se puede pedir responsabilidades. ¿Es así?

El Disparate nacional avanza y ahora mismo nadie conoce dónde estamos. Véase. La frase de este día la pronunció Carles Puigdemont, que, siempre huidizo y ambiguo, la dejó en una referencia temporal: “Estos días que nos quedan para culminar el camino”.

Esa es la situación. Es el final, pero no se sabe dónde van Cataluña y España, otra vez sumidas en el desconcierto y la tristeza. ¿Qué días son esos? ¿Cuántos? ¿Qué significa “culminar el camino”: la declaración de independencia, la intervención de la autonomía por parte del Estado, la destitución de altos cargos, la libertad personal y colectiva, el martirio o el fin de un marco en el que ha sido posible la convivencia; es decir, el respeto y la paz?

Mañana será 27 de octubre. Eso, solo eso, parece seguro.

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