El Parlament de Catalunya me deja sin palabras, abatido por la tristeza e incluso por las lágrimas. No me importa el valor o la legitimidad de su decisión, tampoco el futuro inmediato de las instituciones de Cataluña, ni siquiera las repercusiones legales que pueda acarrear la declaración del Parlament.

Me importa todo lo que hoy ignoramos, lo que este día va a provocar, todo lo que ahora mismo cabe temer.

Me importa la sociedad catalana rota por la desconfianza y el encono, por la fractura generada y, aún peor, por la que vendrá. Me importa la sociedad española; la que siente como propia la ruptura de la Cataluña dolorida y la otra, una vez más estimulada al desapego y al enojo contra una comunidad sin la que no podemos explicarnos ni entendernos.

La biografía de muchos españoles no catalanes  es inexplicable sin Cataluña. Por eso su desgarro. Yo mismo no puedo entenderme sin Cataluña. La he recorrido desde Sant Carles de la Rápita hasta a Port de la Selva, desde Lleida a La Seu de Urgell y a Puigcerdá. No he recorrido y visitado ninguna otra comunidad autónoma con más dedicación. Y sobre todo, no consigo explicarme sin lecturas, canciones, espectáculos teatrales, museos, edificios, paisajes vinculados a ese lugar formidable. Y aún menos sin tantos proyectos compartidos, tantos amigos, tantos afectos, tantas emociones…

En mi generación somos muchos los no catalanes que hemos tenido más dificultades para lucir la identidad española que para proclamar nuestra empatía con Cataluña. El independentismo jodió aquel sentimiento, pero quedan las lecturas, las canciones, los paisajes y, sobre todo, los amigos y el afecto, aunque ya se noten algunas bajas en ese empeño.

Por eso no puedo entender la celebración de los supuestos republicanos que humillan a los que no pueden reprimir su tristeza; no alcanzo a comprender la risa de unos que provoca el llanto de otros; no puedo aceptar una sociedad dividida entre vencedores y derrotados. En mi cabeza solo cabe la celebración del reencuentro de todos los catalanes y de todos los españoles, y especialmente de quienes sufren en mayor medida la más cierta de las desigualdades, la exclusión e incluso la pobreza. Hoy no puedo ignorar que ese momento ya no podré disfrutarlo. ¿Se entiende mi destrozo?

Sin embargo, pese a todo, es necesario superar el abatimiento y la impotencia; recuperar las palabras “para evocar con ellas la tristeza, / para evocar con ellas la esperanza” (Julio Martínez Mesanza, premio nacional de Poesía 2017 por su libro Gloria).

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