Desubicados y perplejos. Ese es el estado de ánimo de una parte de aquella generación del 68 que se mantuvo al margen de los cantos de sirena, pese a compartir el repudio a la guerra, a la invasión y al abuso. La música estimulaba, sí, pero la transformación necesaria no la defendían ni las drogas ni el hipismo. A aquellos residuos de la beat generation, perdidos en el espacio, se nos acaba el tiempo.

En la medida en que el lugar y el tiempo nos definen, ya no alcanzamos a ser más que una sombra. Que crece.

 

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