Dos camiones cargados de explosivos circulan, a toda velocidad y en dirección contraria, por una estrecha carretera de montaña. Al avistarse los conductores aprietan el acelerador para forzar al otro a cobijarse en la cuneta. Es el juego que ahora protagonizan la Unión Europea (o la troika o el Banco Central Europea, como se prefiera) y el nuevo gobierno griego surgido tras las recientes elecciones.

En una semana dos comentarios han coincidido en el símil y en mismo titular (o casi, porque el traductor de uno de ellos erró en la expresión correcta). Primero apareció El juego del gallina, firmado por Antón Costas y, hoy, El juego de la gallina, suscrito por Paul Krugman y traducido por una agencia. El juego consiste en saber qué conductor se rilará antes y se apartará a la cuneta, a costa de observar la burla del rival o lo que sea. 

Joseph Stiglitz no ha abunda en el símil, sino en el despropósito de la situación: Un relato griego sobre moralidad, incluyendo alusiones a España que ponen en cuestión la obediencia ciega del gobierno español a los dictados de la Unión Europea (o la troika o Merkel o el Banco Central Europea, como se prefiera, pese a los matices). Resulta incomprensible su cerrazón y la de sus corifeos, los economistas que han contribuido a la ruina del país y los tertulianos que piensan con cabezas ajenas.

Sin embargo, aún sorprende más que solo Podemos haya tomado nítido partido a favor del gobierno griego. Los demás o se han puesto en contra o navegan, como si esto fuera una partida de póker que se abonará con fichas prestadas.

Puede ser que en la montaña no haya dos camiones, sino una furgoneta con bolsas de dinamita o efectos de pirotecnia y un tráiler enorme repleto de sofisticados materiales explosivos, pero la colisión solo conduce a la catástrofe. En los vehículos hay mucha, pero que mucha gente.

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