El Partido Laborista británico parece dispuesto (llegado el momento, ya veremos) a hacerse una transfusión de Podemos. Eso, al menos, sugiere John Carlin al analizar las expectativas y las propuestas del aspirante Jeremy Corbyn –el Quijote inglés, le llama, aunque la comparación resulte o excesiva o traída por los pelos.

Aceptando el retrato de Carlin sobre el progre Corbyn, las diferencias con Pablo Iglesias resultan más que anecdóticas. Para el británico lo importante no es ganar, sino ser coherente y por eso proclama sus convicciones de izquierdas en la tradición marxista; aspira al liderazgo en competencia con otros candidatos y asume la decisión del partido sin aspiraciones de caudillismo.

No es lo mismo que Podemos o, tal vez, que Pablo Iglesias, para quien lo importante es ganar y, sobre todo, ganar él, como pone de manifiesto su negativa a implicarse en un proyecto integrador con otras formaciones de izquierdas. La fuerza emergente ha decidido mantenerse en la emergencia (llegado el momento, ya veremos) mediante cierta manipulación asamblearia, cierta vaguedad  ideológica y cierta querencia a las preguntas en pro de una respuesta prefijada. Hay resultados que delatan.

Algunos sectores han decidido incluir todas esas ciertas artimañas en la nueva política, concepto elevado al santoral de la supuesta laicidad en candelero que permite descalificar a cualquier propuesta que venga sin tufillo emergente, por carecer del pedigrí de la nueva política. Un concepto tautológico, si no repleto de vaguedades de quita y pon.

No se le puede negar a Podemos, e incluso a su mascarón de proa, Pablo Iglesias, la capacidad para revolver el patio de la política española y, pese al estío que nos asola, hacer que corra el aire, aunque con el paso del tiempo ese viento se ha ido caldeando por la solana o la renuncia a las corrientes con que se resolvían los calores en casa de la abuela: las ventanas abiertas, las estancias discretamente en penumbra…

Corbyn propone giro nítido, inconfundible, que ha provocado la indignación de sus propios correligionarios y, parece, la alegría de sus adversarios, convencidos de que juega a su favor porque fracciona a la oposición. O consigue un cambio radical o se traiciona sin ambages. Casi lo contrario que ha planteado Podemos: prever la ambigüedad para evitar la acusación por estafa. Otra cosa es cómo les percibe la sociedad. Ahí, ellos y Corbyn se antojan mucho más próximos.

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