La frase corresponde a Dany Robert Dufour, profesor en la Universidad París VIII y especialista en filosofía del lenguaje, de la política y el psicoanálisis y la cita Miguel Mora en un artículo publicado hoy en El País, titulado No entierren aún a Sarkozy:

“La solidaridad ha dejado sitio a los intereses personales, y Sarkozy ha fomentado un egoísmo y un narcisismo generalizado. Su círculo más cercano solo tiene un principio: dinero, dinero, dinero. Defienden una amoralidad sin contención. Además, ha atacado y cambiado la justicia, la sanidad y la escuela para hacerlas funcionar según la lógica del mercado. Hoy todo acto administrativo tiene su evaluación económica. Si pones una denuncia, debes pagar 35 euros. La policía contabiliza el coste de las vallas que coloca. Con la reforma de la educación superior es lo mismo, convierte a las universidades en empresas evaluadas por su rendimiento, y promueve un clima de competición exacerbado”.

Luego el corresponsal de El País sugiere una serie de coincidencias de dos grandes de la derecha europea que, aun tambaleantes, se conservan vivos y desafiantes, como su propio sistema de pensamiento y de valores: el propio Sarkozy y Berlusconi.

Parecidas reformas, idéntico espíritu, y similar talante denigratorio hacia quienes no piensan igual. Phillipe Ridet, autor del libro irónicamente titulado El presidente y yo, conoce muy bien a Sarkozy y a Berlusconi. Siguió las últimas elecciones presidenciales francesas empotrado en el equipo de Sarkozy, y desde 2008 es corresponsal de Le Monde en Italia.

Por teléfono desde Roma traza este análisis de los parecidos y diferencias entre los dos populistas alpinos: “Hace tres años pensaba que no se parecían casi nada, pero he cambiado de idea porque cada vez se van pareciendo más. Los dos entienden muy bien el peso de la imagen en la política moderna. Sarkozy es hijo de la televisión y tiene buenos amigos que le tratan bien, pero Berlusconi le supera de largo: es dueño de tres televisiones y controla otras tres. Les une además la vulgaridad en el lenguaje, aunque debo admitir que Berlusconi, cuando no habla por teléfono con sus proxenetas, resulta más civilizado que Sarkozy en público”.

El filósofo Dufour apunta otros elementos: “Sarkozy desprecia la sintaxis y la gramática, y aunque estigmatiza a los granujas y los ladronzuelos, utiliza ese mismo lenguaje golfo. Habla desde la desinhibición absoluta, es rápido, directo, brutal. Gobierna como habla, provocando, y eso es nuevo en la derecha francesa, que antes era civilizada y elegante. Como Berlusconi, mezcla lo público y lo privado: su divorcio, la boda, las revistas de cotilleo. Les distingue el factor sexual, pero les une el uso de la vida íntima, la burla de las convenciones morales y sociales. Los dos se mueven en el registro de la pulsión. Como la publicidad. Sin complejos. Sarkozy se arrima a los grandes patrones de la economía, los yates, los aviones. Berlusconi los posee”.

Cuando llegó al poder, Sarkozy prometió una “República irreprochable”. Cuatro años y medio después, los escándalos protagonizados por su círculo más íntimo desde los años noventa tienen poco que envidiar a los que ha vivido la povera Italia bajo el berlusconismo. Financiación con comisiones ilegales de la venta de armas, maletas llenas de dinero africano, espionaje a periodistas, fondos ocultos chez madame Bettencourt… La gran ironía es que Berlusconi sueña con tener un estatuto de inmunidad como el que protege al presidente francés.

“Pero al menos comparten el espíritu combativo, muy basado en la mitología deportiva”, enfatiza Philippe Ridet. Si Berlusconi cree que Italia es el Milan, “Sarkozy adora el Tour de Francia y siempre dice que el partido no acaba hasta que el árbitro pita, esos tópicos. Quizá la gran diferencia”, concluye Ridet, “es que Sarkozy no tiene una fortuna personal como la de Berlusconi, y eso le impide fichar diputados…”.

¿Nos ponemos a remojo? ¿Nos quedamos con la Merkel? ¿Susto o muerte?

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