La Dictadura arruina a la ciudadanía y a las sociedades. España y los españoles arrastramos, 40 años después, aquella herencia en aspectos aún significativos; en actitudes, valores, estereotipos o tradiciones, por ejemplo, que se reflejan en comportamientos concretos; en cualquier caso, repudiables.

La España que se ha ido fraguando a partir de la Transición no ha conseguido que, al menos, una parte del país, tal vez la más progresista, haya alcanzado una cierta autoestima de su propia realidad, de sus instituciones e incluso de su identidad; y así ha fracasado la construcción de un concepto propio de nación o de patria, dos ideas de las que, además, se recela.

No se trata de abandonar la capacidad crítica ni de convertir en valores lo que han sido fallas o defectos. Pero sí, tal vez, de realizar un ejercicio de racionalidad y neutralidad. España no es una entidad en almoneda. Como escribió José Emilio Pacheco, “No amo a mi patria”, (…) “pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente / puertos, bosques de pinos, /fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / y tres o cuatro ríos”.

Por eso, en este comienzo de año he recuperado un texto de James Rhodes, A lo mejor no me creéis, pero no os miento si os digo que en España todo es mejor, el spot de España Global y RTVE emitido inmediatamente después de las campanadas que anunciaban el nuevo año, y al menos alguno de los capítulos de la serie La vista atrás. Camino, memoria y retos, de Iñaki Gabilondo para Movistar. No se trata de impulsar el ensimismamiento y renunciar a la crítica, sino de evitar la parálisis que abonan la frustración, la depresión o la impotencia, combinadas de cualquier forma posible.

La patria de Habermas es un concepto digno y, tal vez, necesario, que aboga contra el ensimismamiento y la exclusión, y a favor de la solidaridad y la transformación.

De ahí esas recomendaciones a favor de un cierto y concreto reconocimiento. Porque vienen tiempos aún más turbios que pueden aumentar la confusión y que, tal vez, obliguen a defender a toda costa lo que conseguimos y aún nos queda.

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