¿Son necesarios los mitos? ¿Cabe explicar la sociedad e incluso la cultura sin esas leyendas iluminadoras? Hemos buscado referentes en los que mirarnos, ejemplos que estimularan nuestras expectativas para comprobar que eran más que sueños.

El Che y Cuba, el pueblo unido jamás será vencido, el Mayo francés, la Checoslovaquia de Dubceck, Olof Palme o la socialdemocracia sueca, el sandinismo, Mandela, Willy Brandt o Helmuth Smith, Gorbachov… El deterioro de casi todos ellos en el imaginario y en la historia nos obligó a desconfiar de Chavez, de las revoluciones árabes o ucranianas, de Syriza…

el-mito-de-los-unicornioNos queda Pepe Mujica, porque habla a las claras, porque se fue sin más, porque no tiene un chavo.

Resistía Lula, pese a todo. Solo él se ha encargado de decepcionar a quienes le acogían con respeto, y lo ha hecho al completo, sin remedio, pese a la posible o a la demostrada inquina de algún juez indigno, por su comportamiento público, de tal oficio.

El reclamo de un amparo desesperado tras la imputación judicial y la protesta ciudadana, su vuelta al poder aunque en aparente segundo plano, para inscribirse como aforado, hace olvidar su legado sindicalista, sus logros contra la pobreza… porque se ha quebrado su imagen de hombre cabal.

¿Alguien puede dudar de que la próxima ilusión no será sino el próximo espejismo? ¿Alguien podrá confiar en el siguiente que predique alguna de las transformaciones imprescindibles ¿Cómo ignorar que el señuelo de la política conduce (casi) siempre a la frustración? ¿Cómo salir de este atolladero?

Sólo una sociedad crítica, activa y organizada puede esquivar el permanente riesgo de la corrupción.

Pero, ¿cómo se consigue eso en unas sociedades que han hecho de la corrupción y la desmovilización su manera de sobrevivir?

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