El periodista devino en comunicador, términos que a veces se confunden. Al periodista le importan los hechos; al comunicador, el relato; uno informa, el otro, si puede o sabe, embauca.

El que fuera presidente tras unas elecciones en las que no aspiraba a tan alta distinción se reeligió tras otros comicios de los que renegó y que no ganó.

Se proclamó presidente legítimo e irrefutable porque su lista, integrada por allegados más que por compañeros de partido, consiguió mayor número de votos que sus posibles socios imprescindibles para reconquistar la presidencia.

Asumiendo el riesgo de ser ingresado en prisión por algún delito conocido, huyó de la justicia, agravando la situación de los compinches que se quedaron en tierra y a pie firme. Sin embargo, se calificó como exiliado.

Esgrime en su defensa el irrenunciable valor de la democracia, aunque reduciendo el concepto al mero ejercicio de votar y negando el valor de la legalidad asumida previamente por él mismo.

En aras de la democracia reclama la legitimidad de un poder que le permita gestionar en solitario el proceso para la formación de gobierno e incluso para designar a un sucesor interino obligado a decidir lo que su valedor imponga.

Admite el derecho a ser elegido sin proceso de investidura presencial, aunque exige a sus propios compañeros de candidatura a trasladarse presencialmente al lugar en que se refugia para que asientan a sus argumentos.

Al proyecto que defiende se le atribuye un carácter y una aspiración republicana, aunque responde más a los criterios de designación divina (dinástica) de los regímenes puramente monárquicos.

Se ha convertido en el gran defensor de lo que más critica: la prolongada aplicación del artículo 155 de la Constitución.

Evitar la cárcel, revestirse de épica, convertirse en símbolo, enfrentar el proceso electoral con el judicial, pedalear sin freno para evitar el tortazo, convertir la acción política en ilusionismo… Ahí estriban su proceder y sus expectativas.

Si no reconocen al personaje, lo que se cuenta es falso. Pero si le reconocen, lo que se cuenta debe ser cierto.

Moralejas:

  1. No hay político mas repudiable que el que induce a sus representados a lo imposible o a lo inverosímil. No cabe engaño mayor. No hay motivo en el ámbito de la política que reclame más desprecio. Y sin embargo, salvados los detalles concretos, este fenotipo abunda. Se puede dar nombres.
  2. La vida pública de un país no puede soportar estas aberraciones sin un profundo deterioro social. La complicidad es necesariamente culpable.

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