Mario Vargas-Llosa ha escrito sobre las Nuevas inquisiciones y las redes sociales le han crujido. Se le condena por una frase en la que califica al feminismo como “resuelto enemigo de la literatura”. La provocación,  matizada inmediatamente, en la frase siguiente –reduciendo el sujeto genérico a un cierto feminismo–, causó los efectos de una declaración de guerra. Vargas Llosa acudía en defensa de Pablo Neruda, de Javier Marías, de Arturo Pérez-Reverte e incluso de William Faulkner y, aunque algunos de los citados no entran en el devocionario de la literatura que más agrada a este lector, conviene escudriñar en los argumentos, no en tergiversarlos y, menos aún, en acallar a quienes critican o dudan acerca de planteamientos y criterios absolutamente dignos y legítimos… hasta que pretenden establecerse como principios religiosos o verdades reveladas.

Pierre Assouline, crítico literario y novelista de origen sefardí, aborda en una entrevista (¿Es un escándalo que borren a Kevin Spacy de una película?) la relación entre el artista o el escritor y su vida privada, a propósito, sobre todo, de Louis-Ferdinand Céline. ¿Puede un formidable poeta ser un repugnante nazi? ¿Y viceversa? De las reflexiones de Assouline se deriva una pregunta inquietante: ¿qué habría llegado a hacer el nazismo con las redes sociales?, ¿hasta dónde habría ascendido el genocidio en un mundo en el que la delación hubiera sido tan inmediata, universal e impune como ahora?

Elvira Lindo insiste en planteamientos similares: A vueltas con la vida íntima. Hay más. Y así van pasando por el debate público Einstein, Céline, Woody Allen, Arthur Miller y el mismísimo Stephen Hawking…

¿Deja de ser sabio el hombre al que así se reconoce cuando se descubre lo que guarda en el armario? ¿Pierde el artista su condición iluminadora en el momento en que se advierte la ciénaga de sus relaciones personales? ¿Se deben negar al científico sus aportaciones deslumbrantes en el instante en que se desvelan sus turbias aficiones?

La respuesta es no.

¿Patente de corso para el indecente?

También no.

Tan solo capacidad para distinguir entre el repudio moral y el reconocimiento de la aportación científica o creativa, la crítica de las conductas y el aprecio de lo que ayuda al ser humano a mejorar o a entenderse. La contradicción esencial de la especie se expresa a veces de manera extrema. Un mismo rostro concita el repudio más hondo y la admiración más digna. Y las dos caben, pueden ser sinceras y acertadas. Y difíciles de digerir simultáneamente.

Solo a los santos se les puede exigir que lo sean. Y entonces, sí; si se descubren sus aberraciones, hay que retirarlos del santoral. Aunque, eso, en realidad, no ocurre. Ahí están.

A los sabios, artistas y científicos se les reclama la santidad y a los santos no se les pide medio gramo de inteligencia, creatividad o capacidad para comprender el universo o la disentería.

Es el lema de los puritanos: de memez en memez. Se creen santos, son imbéciles y, además, pervertidos o perversos.

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