El Vaticano siempre fue un paraíso de intrigas. Con el tiempo se han sofisticado, no decaído. La sordidez se oculta en las sotanas, un disfraz clásico y eficaz para los exhibicionistas más ambiciosos. Los medios de comunicación forman parte de la trama y el paisaje, ocultan y muestran alternativamente, actúan siempre. Benedicto XVI, un papa reaccionario con pedigrí de intelectual, se sintió abatido por las hienas que él mismo alimentó. Francisco, el papa al que quieren hacer progre, le acechan las mismas fieras con una insistencia que crece al ritmo de sus declaraciones virtuosas.

Los tejemanejes vaticanos fueron asunto fundamental para los historiadores, pero ahora saltan a la vista sin necesidad de investigar entre polvos y legajos. Al papa le espían, le contradicen, le vituperan. Al fin, las cosas claras: su lugar, vienen a decir, está en el papamóvil, asomado a la ventana o repartiendo bendiciones, mientras sus acólitos disputan el poder o la riqueza de quienes tuvieron oportunidad de acumularla y al mismo tiempo que imponen el sometimiento, la extorsión y la marginación a quienes los denuncian.

El silencio se hace espeso, pero nadie rompe el tono de la salmodia, no se sabe si porque la edad impide voces más vibrantes o porque el tono quedo es el recurso de los cómplices.

Había escrito estas reflexiones a propósito de la presentación en sociedad del último traidor: un cura español, del Opus Dei, detenido por el robo de documentos en el Vaticano, en cooperación con una experta en redes sociales.

Un tipo que ocupaba un lugar sensible pese a (o quizás por) todo lo que ya se sabía de él.

Dos libros, y otros que vendrán, aprovechan el juego sucio, aunque a estas alturas, no se sepa muy bien a favor de qué o en contra de qué estaban el cura, su socia y los otros que han participado en el descubierto. Es lo que tiene el Vaticano. Que su tradición es tan soberbia y sus actores tan profesionales que la razón nunca se sabe dónde habita. Para descifrar el enigma sería necesaria la existencia de Dios. Ellos lo saben. Duermen tranquilos.

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