Notas sobre la marcha tras la no declaración de independencia efectiva en el Parlament de Cataluña.

La declaración de Carles Puigdemont –extraña, confusa, ambigua o contradictoria– genera en primer lugar alivio.

Pese a la adversidad expresada por el sector independentista –frustrado–, la ambigüedad del President mantiene la advertencia o la amenaza; tiende a confundir. Es una trampa.

Se confirma más tarde. Tres grupos parlamentarios, los que tienen la mayoría en el Parlament, suscriben una estrambótica declaración –de tapadillo, aunque inequívoca– en favor de la independencia, la transitoriedad y el reconocimiento internacional. Cuestiones que remiten a un trastorno bipolar.

O tal vez, en previsión de lo que pudiera ocurrir, a un intento de fuga… de la cárcel.

Pese a todo, el gobierno español tiene ante sí un asunto peliagudo. Está obligado a no equivocarse. A estimular el alivio de tantos. A demostrar un poco más de reflejos y cintura a lo mostrado hasta ahora. Es decir, prudencia.

En definitiva, un lío.

Por el momento, la vicepresidenta del Gobierno circula a piñón fijo.

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