Podemos ha sacado de quicio a casi todo el espectro político o, si se quiere, a los partidos instituidos y acomodados en las cuotas de poder establecidas durante los últimos años.

La crisis y el descontento (o la indignación) han auspiciado una aparición que ofrece mayor corporeidad que los antiguos habitantes de la fantasmagoría política y que ha subvertido el ecosistema de los espíritus.

Los viejos fantasmas pululan desorientados, mientras el nuevo, aún con alma de duende, se mueve por las sombras con creciente seguridad.

¿Cómo la figuración se recreará en la realidad? ¿Qué, de la vieja situación, permanecerá tras la alucinación? ¿Qué, de la alucinación, adquirirá huesos y carne? ¿Seguiremos en el mundo espectral o encontraremos espacios de claridad entre las sombras de la política zombi?

Ahí están todos.

El PP, al que menos parecía afectar el aquelarre, se ha subido a la escoba o la ha cogido para dar mamporros sin tino, asustado por tener que enfrentarse a una lluvia de palos desde posiciones dispares y movedizas. ¿Cómo defender el actual terreno de juego?

Al PSOE el pánico le ha llevado al disparate. Las paradojas de sus elecciones abiertas a la secretaría general han puesto en evidencia, incluso para quienes aún mantenían pequeñas dosis de fe en el milagro, su condición de desahuciado. Han triunfado la política rancia, las malas artes, las maniobras tácticas, la vieja guardia, los traidores, Lampedusa y, aún peor, el reino de las sombras tras un porte de 1,90, con traje y sin corbata y, lo peor, bajo sospecha, convertido así en una facha con vocación de fantasma.

IU no encuentra su acomodo. El sorpasso al que aspiraba ante la irrecuperable situación de la izquierda posible se ve abocado al simple retroceso, perdiendo posiciones en la parrilla y buscando un cambio de motores en el desguace de un partido con tintes cuartelarios.

UPD no se ha enterado de que el aluvión lo saca del mapa, porque, metidos en el populismo, los últimos son siempre los mejores. El impulso avasallador del fuego ajeno aceleró la cocción y el arroz se pasó mientras los comensales buscaban un lugar donde sentarse. Les queda la posibilidad de acudir definitivamente en ayuda del que guarda leña porque privatizó el bosque.

¿Y los nacionalistas? Aguantan, a trompicones, porque la máquina, aunque roto el embrague, tiene impulso para recorrer millas apurando las frenadas. Pero teme, por ejemplo, que la única iniciativa política capaz de aglutinar a un amplio sector de la población (el independentismo) se vea sobrepasada por otra bien distante: la posibilidad de que un conjunto de fuerzas ciudadanos consiga articular una propuesta de cambios sociales y legales para cambiar los parques y jardines, las fachadas y algunos interiores de viviendas, la limpieza de los centros escolares, el ruido de los transportes públicos… y, con eso, guanyar Barcelona.

Habrá que estar atentos. Y echarse a la calle, porque algunas alucinaciones son más divertidas cuando se sueñan despiertos

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