Hubo un tiempo en que los militantes del PNV en el exilio se aprestaron a colaborar con la CIA. Estaban convencidos de que con esa actitud apoyaban a la democracia más poderosa del mundo, la única que podría devolver a España la libertad y la República, imprescindibles ambas para mantener sus aspiraciones nacionalistas. Sobre este asunto existe abundante bibliografía y un texto formidable, Galíndez, firmado por Manuel Vázquez Montalbán, analista inolvidable, cuya ausencia aún lamentamos y, de manera especial, en estos días.

Frente a la ilusión colaboracionista del PNV, Estados Unidos y la CIA acabaron siendo el más solido soporte de la dictadura y el franquismo. Aunque fruto de la ingenuidad o la ausencia de la patria ambicionada, el error de cálculo de aquellos peneuvistas, entre los que se encontraba el mismísimo presidente Aguirre, resultó monumental.

Ahora mismo se producen algunas situaciones que recuerdan aquella extraña connivencia. Entre las posiciones radicalizadas de indepes y unionistas algunos grupos ejercen la equidistancia o, al menos, prefieren apartarse de cualquier complicidad con el gobierno central, objetivo de todas sus críticas y razón fundamental de su existencia, obviando los errores de la otra parte.

Y así esos grupos se adhieren a la defensa del derecho a decidir, explican que el referéndum culmina la participación democrática, sienten que la izquierda requiere la cercanía con los nacionalismos, asumen el derecho de autodeterminación, y lo mismo rehúsan saltarse la ley (un día) que hacer votos para favorecer lo que la ley impide (otro día). Se asocian, en definitiva, con grupos, cuanto menos, de dudosa calaña

¿Apoyos de conveniencia que algún día los dejarán en evidencia? Hay que entender que cualquier apoyo al Gobierno central requiere un estómago de hormigón. Sin embargo, hay que aceptar que en este momento la legalidad no admite subterfugios. Pese a su irresponsabilidad, a su absentismo y a su inoperancia, en estos días las decisiones se juegan en el territorio que el presidente del gobierno español desea: el de la pura legalidad.

Pasada la cita, el planteamiento habrá de ser otro. Y alguien deberá asumir que un gobierno que actúa como un muerto no puede seguir en ejercicio. Los ciudadanos deberíamos entenderlo. Hasta llegar a esa fecha solo cabe actuar en la legalidad y asumir que los cambalaches y los filibusterismos solo consiguen alejar a los ciudadanos de la política y de la participación. Porque puede ocurrir que, a la vuelta de la esquina, alguien les devuelva a los equilibristas de ahora su deslealtad con la leyes que regulan nuestra convivencia.

Cumplida esa etapa sólo quedará una solución: cambiar la ley. Con ley. Es decir, con acuerdos. Aunque eso, ahora, se antoje imposible.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.