Tuvo razón Adela Cortina al proponer esta palabra, aporofobia, para identificar una realidad tan vigente como pretendidamente ignorada en la sociedad actual. Un concepto seminal, del que germinan numerosos comportamientos y actitudes que determinan la vida y la política de estos tiempos. Su significado era conocido, había sido descrito por la filosofía y la sociología, pero requería un nombre que le confiriera mayor relevancia para hacerlo visible, para comprender su trascendencia.

Hizo bien la Real Academia de la Lengua Española al incluirla en el diccionario y Fundeu al declararla palabra del año, y mucho más que del año, aunque su vigencia se extienda por decenios y sihlos. Una palabra, un concepto, una actitud sin la que no cabe entender la realidad; ni siquiera al ser humano y sus miserias.

El miedo al pobre forma parte de la causa última de la xenofobia, del racismo, del repudio al inmigrante, del desprecio a quien no comparte estatus o reconocimiento social. Sin esa fobia al pobre no se comprenden los movimientos de ultraderecha, el rechazo al extranjero o algunas propuestas secesionistas. Y aún menos el auge de comportamientos y actitudes que han condicionado los programas de los partidos conservadores e incluso de la socialdemocracia, porque el veneno aporófobo se han instalado en lo más hondo de las sociedades desarrolladas o, por decirlo más claro, ricas.

Angela Merkel se jugó su futuro político abriendo las puertas de Alemania a un millón de inmigrantes. Pero ya no parece dispuesta a mantener aquel empeño silencioso. Emmanuelle Macron, presionado por los movimientos a su derecha, quiere abrir la mano a la acogida de refugiados al tiempo que se la cierra a los emigrantes económicos. Como si el hambre no fuera un argumento extremo, una violencia incruenta tan mortífera como la guerra, a la que con frecuencia está asociada en sus orígenes o en sus consecuencias. Sin embargo, así al refugiado, tal vez más formado o más próximo al estándar de la Europa adinerada, se le convierte en enemigo de los meramente hambrientos. Así se diluye y se esconde el recelo y el veto al pobre.

La izquierda se muestra perdida en este ámbito; no puede ignorar la magnitud de la aporofobia que la fuerza a buscar eufemismos ayunos de compromisos inequívocos. Y Europa fracasa por ese mismo motivo en el empeño de encontrar un proyecto estimulante para sus ciudadanos e imprescindible para su propia supervivencia.

Sami Naïr ha explicado con claridad El reto de la Europa política, un objetivo tal vez excesivo para el único apóstol convicto del europeísmo ejerciente, precisamente el presidente francés hallado en renuncio. Su proyecto debe ser debatido bajo el doble prisma de lo razonable y lo realizable, desde el propósito de aliviar la desigualdad con la complicidad de sectores que la han impulsado. Teniendo en cuenta, como señala Jürgen Habermas, que lo que Macron plantea resulta insuficiente para estimular la idea de Europa que los europeístas reclaman y la sociedad entera necesita; sobre todo, porque en el corazón más poderoso del continente resuena una pregunta ajena a cualquier entusiasmo: ¿Qué nos costará esta vez a los alemanes? 

Sin liberar a Europa de la aporofobia en tantos puntos imperante, estos planteamientos carecen de viabilidad e incluso de sentido. Y en consecuencia, aún a sabiendas de que eso no basta para curar la enfermedad, era tan importante reconocerla; para afrontarla sin tapujos, conscientes de que corroe las convicciones más intimas de nuestros sueños.

Dicho lo cual, ¿este ropaje tan culto y etimológicamente tan correcto (el del significante “aporofobia”) puede acabar ocultando su propio significado? ¿No nos entenderíamos mejor denunciando el miedo y el repudio al pobre sin tapujos?

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