Cada día que pasa la devaluación de la política crece en idéntica proporción a la pérdida de confianza de los ciudadanos en sus elegidos. El modelo de representación parece cada vez más amenazado y, en esa tesitura, las instituciones empiezan a carecer de valor y de sentido.

Estos comentarios no tratan de lanzar una alarma. Tan solo constatan el rumbo que la realidad impone. La crisis política española se puede englobar dentro de una tendencia general de las democracias o en esa corriente que se relaciona con el populismo. Pero, si en todas partes la acción de los representantes públicos ha influido en la deriva de sus sociedades, en el caso español cada vez parece más cierto que ellos quieren ser los únicos responsables.

La sociedad en su conjunto no es ajena a la deriva, que tiene historia, pero el empeño de los dirigentes con mayores responsabilidades (la nueva generación) resulta tan arrollador que solo cabe reconocerles su tesón. No merece la pena calentarse la cabeza a la búsqueda de atenuantes o coartadas, de explicaciones o benevolencias.

Han renegado de la política y se han convertido en paladines de un juego a través del que se disputan los tronos y las potestades. La convivencia o la prosperidad de la sociedad son excusas para librar batallas en las que la representación se olvida; son disputas entre ellos bajo reglas intestinas, en las que los antiguos rasputines se revisten con mucetas y puñetas más propias de sociedades secretas que académicas. Ellos son, o se creen, el poder y la gloria, sometiendo a la sociedad a sus diversiones y obviando la política en aras de su propia ludopatía.

Somos rehenes de un grupo de maníacos o enfermos. Hijos de una sociedad enferma. Quienes debieran alentar las expectativas que parecían a nuestro alcance pueden ser sus asesinos. ¡Felicidades!

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