¿Se puede hablar con claridad de feminismo, ya sea sobre las cuestiones relacionadas con la igualdad o la lingüística sin correr el riesgo de ser atropellado por alguien o por algo? ¿Basta la duda para animar a la desconfianza sobre el que la expresa e incluso para que el propio interesado se sienta a sí mismo como sospechoso? ¿No demuestran estas preguntas de manera inapelable la falta de compromiso del –se supone– varón que las formula?

Quien se interroga en esos términos escribe antes del 8M, pero pide que la publicación y los comentarios se dejen para después. ¿Tiene sentido hacerle caso?

Hay poco que discutir con relación a los hechos: la violencia machista y los abusos sexistas, la marginación de la mujer en los ámbitos de poder, la precarización femenina en las relaciones laborales –incluida la brecha salarial–, su relegación hacia las tareas asistenciales en el entorno familiar… Esa realidad se sustenta en razones muy profundas: antropológicas, culturales, sociológicas. (Para quienes tengan prisa, tal vez les interese leer, por ejemplo, La cuarta ola, de Máriam Martínez–Bascuñán en El País).

Sin embargo, ese entramado se mantiene bajo la hegemonía de una concepción liberal-capitalista de la organización social, que somete y relega las actitudes, aptitudes y valores que, en mayor o menor medida, representan un universo alternativo al ahora dominante.

La vindicación de las mujeres se dirige, en primer lugar, por razones de gravedad y urgencia, contra los abusos, los maltratos y el asesinato, y en consecuencia a favor de medidas ineludibles, sin subterfugios ni demoras, que corresponden a los poderes públicos. Pero, al tiempo que contra las marginaciones, las precarizaciones y las relegaciones ya apuntadas, también lo hace a favor del sometimiento del poder al derecho fundamental a la felicidad, a la cooperación y a la corresponsabilidad. Solo desde esta perspectiva se pueden cambiar las relaciones y transformar la sociedad.

¿Cómo conseguir, si no, que la maternidad deje de ser una barrera insalvable en el afán por la igualdad? La realidad es tozuda: los hijos, ya sean un proyecto individual o compartido, determinan la brecha salarial, la priorización por parte de la mujer del cuidado de los pequeños, la suspensión de otras aspiraciones profesionales o de cualquier otro tipo y así sucesiva y encadenadamente. (Véase, por ejemplo, La brecha salarial son los hijos: un informe de Alejandro Bolaños en El País).

¿Bastan las ayudas públicas (guarderías, estímulos económicos u otros) para resolver el problema? ¿Cómo conseguir una redistribución entre los progenitores de las tareas derivadas de la ma/paternidad que no alimente nuevas frustraciones? ¿Se pueden rectificar, dentro del orden social en el que vivimos, no solo los roles alimentados durante siglos sino también, y sobre todo, las actitudes y las aptitudes que, por razones biológicas o culturales, caracterizan a unas y unos? Y si fuera posible, ¿merecería la pena hacerlo a costa de renunciar a la prioridad del desarrollo personal, en el entorno social elegido por cada cual?

(Entre paréntesis y en cursiva, algunas concreciones. Madre no hay más que una… en el momento del parto y poco más. A partir de ese periodo la criatura es hija, por lo común, de sus ma/padres. Sin embargo, el compromiso de la pareja se resuelve con una distribución desigual de las tareas mediante unos criterios que amplifican la desigualdad en otros ámbitos. ¿Por qué se asume en esos términos la ma/paternidad deseada en común? ¿Quiénes prolongan los permisos, quiénes se acogen a la reducción de jornada, quiénes posponen (y en consecuencia, limitan) sus expectativas profesionales…? ¿Caben otros modos? Los hay, sí, pero muy minoritarios.

Se reclama entonces el apoyo necesario de los organismos y los servicios públicos: guarderías, ayudas económicas o desgravaciones, flexibilidad  de horarios, adecuación de las prestaciones educativas y sanitarias, etc. en virtud de la obligación de las instituciones a favorecer el desarrollo personal de cada ciudadano y, en consecuencia, a proteger el derecho de los niños y de los padres. ¿Cómo? ¿Quién lo paga en una sociedad individualista e insolidaria? ¿Por qué las medidas que se adoptan, por ejemplo en el ámbito de la empresa, tienen que repercutir sobre quienes optaron por proyectos ajenos a la ma/paternidad? ¿Las razones empresariales, sacralizadas en este sistema social, no obligan a confiar las mayores responsabilidades en quienes, aparte de capacidad, ofrecen mayor dedicación? ¿No se constata que la maternidad afecta, con frecuencia, a la actitud profesional de las madres? ¿Se pueden resolver estas objeciones en una sociedad dominada por estos principios? ¿Por qué, desde la lógica de este contexto, se debe exigir una igualdad viciada por otros comportamientos contrarios a la corresponsabilidad? ¿Es el Estado neoliberal el responsable de las decisiones exclusivamente personales? Fin del paréntesis y la cursiva).

La reivindicación feminista es, por ello, una reivindicación anticapitalista, contra el sistema que relega la felicidad a la competencia y que impone la división de los roles frente a la cooperación. En El objetivo de La Sexta del domingo 4 de noviembre lo negó más de tres veces y sin tapujos Inés Arrimadas, que contó con la complicidad vergonzante de Dolors Montserrat, siempre dispuesta a relegar cualquier objetivo riguroso a la propaganda del gobierno. Algunas de sus interlocutoras, más allá de ciertas miradas con aire de perplejidad o de desgana, renunciaron a ahondar en el conflicto. Cristina Oltra, Uxúe Barcos y Francina Armengol –también tentadas a confundir la reivindicación fundamental con las medidas adoptadas en sus respectivos gobiernos– defendieron políticas compensatorias desde una perspectiva de género, mientras Manuela Carmena, e implícitamente Ada Colau, reclamaban una imprescindible transversalidad. Por razones de urgencia.

Sí, por razones de urgencia. El diagnóstico resulta inapelable, pero ¿cómo conseguir soluciones a los problemas que esta sociedad alimenta? ¿Esperando al juicio final –al final del capitalismo, que viene a ser lo mismo– o introduciendo modificaciones inmediatas en este mundo que obliga a la reclamación pese a sus contradicciones?

Por eso hay que decir sí al 8M en general y al 8M de 2018 en particular. Porque es necesario compartir las ineludibles razones de quienes reclaman soluciones, ya. Y porque, además, esas reclamaciones además van a ser útiles.

Sin rechazar las dudas de los que se interrogan.

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