Pasaba por allí, presentando el libro de un antiguo colaborador, y aprovechó para poner a caldo, sin nombrarle, a quien él mismo eligió como sucesor al frente del PP. Lo hizo, pocas horas después del emocionado adiós de Mariano Rajoy, sin piedad, casi con furor. La mayoría interpretó las palabras de José María Aznar como un ataque furibundo a Rajoy. Craso error.

De la radical intervención de Aznar solo se podía desprender que, en comparación con él, Rajoy ha sido, es y será un ciudadano mesurado y virtuoso. Fue tan brutal en su desprecio que las críticas de José María convirtieron a Mariano en mártir y el ataque de Aznar acabó siendo el mayor elogio de Rajoy.

Si lo que se le reclamaba era que fuera como el mismo Aznar, la sociedad española debe estar agradecida a su desacato. No cabía otra conclusión. Tras lo dicho por su predecesor el juicio de Rajoy se carga de benevolencia. Lo cual no asegura que esa fuera la intención de Herr Aznar, el texano de las Azores con los pies encima de la mesa.

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