Otra vez con la bandera a cuestas. La sacó Pedro Sánchez en el acto de su proclamación como candidato psoecialista a la presidencia del gobierno y las tertulias desatendieron su discurso para ocuparse del escenario.

El valor de lo simbólico, argüían. No era cierto: tan solo el valor de lo polémico o de lo que, si no lo fuera, podrían convertir en polémico. Así es el ensimismamiento del debate político al que conducen los viejos partidos y los nuevos, los medios cavernarios y los que se consideran progresistas; es decir, todos los que conforman el terreno de juego de la acción política.

Los himnos los carga el diablo. El mismo que colorea las banderas. Hay símbolos que acaban sirviendo para lo contrario de lo que intentaron. Porque hubo y hay quienes se empeñan en denigrarlos, en desvirtuarlos y en prostituirlos, de manera que al cabo de los tiempos no se sabe si representan a la madre o a la puta (patria).

Parece ridículo el debate.

Este país necesita un psiquiatra. Se rechazaron los símbolos nacionales porque los usurpó la dictadura. Muerto el perro, llegó un excluido, un exiliado, para reivindicarlos como patrimonio colectivo. Ahora se desprecian porque otros símbolos han impuesto su ardor guerrero. Pero solo los comunes son objeto de disputa.

¡Qué cosas!

¿Escucho tertulias en las que participan populares, psoecialistas, ciudadanos, podemistas, izquierdounidos. Ya no hace falta el diablo para cargar los himnos o colorear las banderas.  Se bastan ellos con los moderadores que les azuzan.

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