Menudo día! En el debate del Parlamento se enfrentaban principios e intereses a propósito de la venta de armas a Arabia Saudí, un país que asesina a quien disiente. En esta ocasión las diferencias entre el Gobierno y la oposición se medían en matices. Por eso, muy pronto, la discusión se trasladó a otros asuntos: la legitimidad de un gobierno respaldado por partidos independentistas o vinculados en su día al terrorismo.

En ese trance los principios se echaron por la borda en aras de los intereses, pero no los generales o los de una parte de la sociedad, sino los del primer partido, ahora, de la oposición. Llegados a este punto, se acaban los matices. E incluso el valor de la discusión desaparece en la misma medida en que crece la bronca. Al final, bochorno, repugnancia, hastío.

Pero el debate planteado inicialmente tenía todo el sentido. Un dilema sin libro de instrucciones: derechos humanos o armas, regeneración ética o compromisos adquiridos, un premio de algún organismo internacional o varios miles de puestos de trabajo. Principios o intereses.

Si principios, ¿cuáles? Arabia Saudí ha matado, mata y, cabe temerlo, matará. ¿Por qué ahora? ¿Vale más un periodista que centenares de disidentes? ¿Por qué el reino saudí y no cualquier régimen dictatorial? ¿Por qué no vender armas y comprar petróleo? ¿Por qué, por qué, por qué?

Si intereses, ¿cuáles? ¿Apoyo en otros foros, intercambios, negocios, empleos?

En el mundo real, las contradicciones son frecuentes. Por eso el debate es tan necesario. Porque solo entrando en el fondo de los asuntos se puede atisbar un futuro diferente. Sin máscaras de cínicos (los que postergan la ética) ni de puritanos (que dicen una cosa antes de mirar para otro lado). El mundo real disgusta, pero cambiarlo no está fácil. Discutir lealmente resulta imprescindible, y por eso algunos se afanan en boicotear, por mero interés, cualquier debate razonable. Y sin vergüenza.

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