En estos tiempos de provisionalidad, en los que cualquier signo de esperanza puede quedar ahogado por el miedo que corroe a esta sociedad desorientada, alivian algunos brotes verdes que se atisban de vez en cuando. Por ejemplo, en estos días, la constatación de que los ciudadanos españoles reconocen sin ambages sus problemas y están dispuestos a arrimar el hombro para resolver algunos verdaderamente graves. Otro, las iniciativas del Gobierno provisional en una cuestión fundamental: la educación. Dos asuntos, casualmente, perfectamente interconectados.

No hay engaño. Las voces que pretenden acaparar la atención del circo no confunden. Los españoles saben que las heridas de la crisis no se han cerrado y que el riesgo e incluso las amenazas de recaída pueden empeorar en el corto plazo el diagnóstico y el pronóstico. La pobreza, la precariedad, la desigualdad se han arraigado y agravado en esta sociedad, porque la recuperación que se pregona afecta a otros. Así lo explicita de manera inequívoca la encuesta encargada por El País al instituto 40dB.

Solo de esa manera, mediante el reconocimiento sin tapujos de la realidad, la sociedad está en condiciones de exigir a los poderes públicos medidas y reformas que corrijan la situación. Luego, esas acciones habrán de reclamar el compromiso más real de los ciudadanos, porque para resolver los problemas no basta con exponerlos con sinceridad en un cuestionario, sino comprometerse con el cambio de dirección, que requerirá con frecuencia la cooperación de la sociedad a través de los impuestos necesarios.

La misma encuesta reconoce esa predisposición imprescindible para que los problemas evolucionen en la dirección adecuada. El señuelo de la reducción indiscriminada de impuestos que utilizan los partidos conservadores beneficia, sobre todo, a los más pudientes; y además es falso cuando se presenta como garantía de la recuperación o la solidaridad. Los españoles lo saben y lo expresan. Los impuestos, si se plantean con equidad y voluntad redistributiva, son el instrumento necesario a favor de una mayor  igualdad y en contra de la vulnerabilidad de amplias capas sociales. Por eso no caben coartadas, tan solo acciones concretas y pedagogía, y en última instancia la sentencia inequívoca de los electores.

Por tanto, decisión y pedagogía en pro de una sociedad consciente y alerta. Tal vez la crisis haya servido para tomar conciencia de la realidad. Pero todo puede volver al punto de partida si no se mejoran los niveles de educación, forjadores de actitudes críticas y solidarias. En ese ámbito cobra importancia el segundo de los brotes verdes perceptibles en los últimos días. El Gobierno quiere zanjar los aspectos más repudiables de la ley Wert: algunos, meramente académicos; otros, profundamente ideológicos –la abolición de la religión como asignatura curricular y la recuperación de la filosofía y una asignatura sobre principios éticos y laicos, por ejemplo–, y un tercer grupo de asuntos discriminatorios y contrarios a la igualdad –las ventajas dadas a la educación concertada o la aceptación de colegios que segreguen por razón de sexo, amén de por la más común y no menos grave razón de clase.

Además, el Gobierno ha puesto en foco en otro aspecto relevante desde un punto de vista práctico: la implantación de mecanismos de control del profesorado, de su calidad y su actitud docente, mediante evaluaciones razonables que sirvan, al menos, para poner de manifiesto que el compromiso de la sociedad con el profesorado no puede estar garantizado de por vida si no existe correspondencia del profesorado con sus alumnos.

Estas reformas educativas adolecen de un déficit fundamental e inocultable: la falta de un acuerdo ampliamente mayoritario que garantice su estabilidad. Solo mediante ese pacto podrá arraigar un sistema educativo eficaz. Sin embargo, ante la falta de actitud de buena parte de las actuales fuerzas políticas, hay que aceptar los brotes verdes que estimulan a pensar que algunas cuestiones de gran relevancia no están definitivamente perdidas. Consecuencia del advenimiento de El nuevo ciudadano crítico, que define Lluis Orriols, y que será pieza angular de cualquier futuro estimulante. Sin él, mejor no pensar; seguiremos en la incertidumbre, la provisionalidad y el miedo.

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