EL TIEMPO PASA, EL PASADO VUELVE

468711-jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxÚltimamente parece estar de moda descalificar cada nueva creación de Woody Allen a base de compararla con cualquiera de las anteriores, según los gustos del comentarista de turno, o de insistir en que el cineasta neoyorquino se repite en sus temas y tratamientos, cada vez con menos fuerza y originalidad en la manera de abordarlos. Como si el hecho de que un director que está a punto de cumplir los ochenta años, con casi cincuenta largometrajes en su haber, decida seguir contando historias que le divierten o le apasionan no fuera motivo suficiente para acercarse a la nueva película con cierto respeto, no pocas expectativas y la menor cantidad posible de prejuicios.

Porque, por ejemplo, la de Café Society es una historia típicamente alleniana, sí, pero narrada con una frescura que la hace conmovedora, además de lúcida y afilada como un bisturí al abordar algunos asuntos, frecuentes en la filmografía de su autor, también, pero contemplados desde una perspectiva diferente en función del contexto argumental de que se trate en cada caso.

La peripecia de un joven de Nueva York que huye de su familia judía tradicional en busca del éxito en el deslumbrante Hollywood de entreguerras, al amparo de un tío suyo que triunfa como representante de estrellas de la pantalla, pone en marcha un mecanismo de redescubrimiento de una realidad soñada que a la postre

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acabará convirtiéndose en un retorno del pasado en forma de profunda decepción. El joven en cuestión, Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg, con su perfecta pinta de pardillo atolondrado), se enamora perdidamente de Vonnie (Kristen Stewart, tan adorable al principio como deliciosa en su papel de pija aspirante a integrarse en la alta café society de Nueva York). Ella es la secretaria de su tío, y lo introducirá con su sabio y crítico escepticismo en los oscuros secretos de ese Hollywood de oropel con el que tanto había fantaseado él. No sabe el pobre Bobby que Vonnie es también la amante secreta del todopoderoso agente, y ese descubrimiento supondrá una primera frustración, de la que tardará en reponerse, con su simplicidad rayana en la estupidez, volviendo al Este, refugiándose y medrando a la sombra de un hermano que es el prototipo de los mafiosos descritos otras veces por Allen.

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Allí se producirá tiempo después el reencuentro con una Vonnie casada ahora con su jefe y dispuesta a convertirse en paradigma de lo que antes criticaba con tanta claridad: el tiempo pasa y el pasado a veces vuelve, en forma de negación de todo lo que en algún momento se había deseado. ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez que aquel recuerdo que ha acariciado con mimo durante mucho tiempo se materializa de pronto ante sus ojos como la negación radical de lo soñado… o quién sabe si inventado al albur de una memoria caprichosa y falaz? En la plasmación de estos fenómenos y sus circunstancias se demuestra una vez más, pero –insistamos– de forma diferente cada vez, la maestría de Woody Allen para describir historias de sentimientos, de parejas imposibles, de familias castradoras con su apego a las viejas tradiciones religiosas, y en especial las de la cultura judía que tan bien conoce el cineasta. Con el guiño añadido de que aquí es su propia voz la que funciona como narradora que va suturando las distintas situaciones.

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Mención aparte merece el hecho de que, a su edad, el autor se haya atrevido a abandonar por una vez el viejo y entrañable celuloide como material de rodaje y proyección, para probar fortuna con el digital, de la mano de uno de los grandes directores de la historia del cine, el italiano Vittorio Storaro, que además de asegurar la calma y la exquisita composición de cada encuadre –lejos del galimatías de la cámara en mano que, usada sin ton ni son, entusiasma a los modernos tanto como cansa la vista y acabará haciendo la fortuna de los oculistas–, envuelve la primera parte de la historia de una suave tonalidad naranja, ajustada a lo que después sabremos que fue la inmersión del protagonista en una realidad traumatizante, al tiempo que dota a la segunda de la claridad y el brillo propios del esnobismo de los neoyorquinos enriquecidos y en abierto contraste, a su vez, con el gris oscuro que preside las

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escenas familiares y las actividades delictivas del hermano gánsgter. Un prodigio de expresividad cromática, que confirma la capacidad de adaptación de Woody Allen a las técnicas actuales de ese cine al que ha dado tantas obras maestras.

Y ahora, a esperar la serie que ha dirigido para la plataforma Amazon, y que cumplidos los ochenta nos ofrezca una nueva visión ácida y tierna a la vez sobre las debilidades íntimas de los seres humanos.

 

FICHA TÉCNICA

Dirección y Guion: Woody Allen. Fotografía: Vittorio Storaro, en color. Montaje: Alisa Lepselter. Música: Piezas de jazz. Intérpretes: Jesse Eisenberg (Bobby Dorfman), Kristen Stewart (Vonnie), Blake Lively (Veronica), Steve Carell (Phil Stern), Corey Stoll (Ben), Parker Posey (Rad), Ken Stott (Marty), Anna Camp (Candy). Producción: FilmNation Ent., Gravier Prod. y Perdido Prod. (Estados Unidos, 2016). Duración: 96 minutos.

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