Concluye la jornada electoral y se impone la lógica que se ha venido asentando en los últimos meses. El triunfo genérico del PSOE se contrapone con la aparente conquista de la triple derecha de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid más una veintena de gobiernos regionales y municipales importantes. PP, Cs y Vox, malparados en general, festejan su acceso a poderes que en algún momento vieron alejarse.

Sin embargo, las paradojas vuelven otra vez al espacio de la política.

El PP que reivindicó a la ultraderecha tras las elecciones andaluzas y durante la campaña de las generales se estampó ante millones de ciudadanos que le negaron el voto. Ipso facto, renegó de su extremismo y despreció como ultraderecha al partido al que ahora pide respaldo para presidir autonomías y ayuntamientos. Con el nuevo paso habrá renunciado definitivamente a la marcha atrás a través de la que buscó una escapatoria y su salvación.

Vox se apresuró a fijar su condición decisoria y anunció en la misma noche electoral medidas que adoptarán “sus” ayuntamientos y comunidades, ajeno a que en ese paso puede estar su condena. Si el PP los abraza y se convierte así en el líder efectivo de la ultraderecha, el futuro de los voxeros se tornará más negro que oscuro; solo le quedará la posibilidad de reclamar la ilegalidad.

Ciudadanos, por su parte, tiene ante sí dilemas no menos radicales. Tras el fracaso previsible en las municipales, por su falta de implantación en buena parte del territorio español, un acuerdo genérico con la ultraderecha le lleva a un espacio cerrado que limita sus expectativas a la lucha contra el PP y con el riesgo de recibir algún mordisco de Vox en las partes menos nobles. Ya lo ha dicho el eminente Pablo Casado: “O se refunda el centroderecha o no ganaremos las elecciones que nos vengan por delante”. Con un matiz: que para eso faltan cuatro años.

La lógica imperante esquiva otras preguntas fundamentales.

¿Puede una derecha democrática llegar a acuerdos aquí, allá y acullá, sin límites ni remilgos, con un partido que ellos mismos han reconocido como ultra? En esta fase de la vida política española ya no cabe jugar al escondite como quiso hacer Ciudadanos en Andalucía. Manuel Valls ha sido claro; más o menos ha dicho: Ciudadanos, Vox y yo no cabemos en el mismo saco. ¿No hay más incompatibles?

Entre unos y otros interrogantes se impone una afirmación. A Podemos no le salva el Nosotras. Y buena parte de sus anteriores aliados, tampoco. Su gestión ha llevado al fiasco. Se escabullen Errejón, ahora en trance de forzar un nuevo envoltorio tras la previsible desaparición del packaging con Carmena, y especialmente Compromís o Kichi; poco, muy poco, más. A Izquierda Unida solo le resta acudir a su propio entierro.

De todo ello surgen otras cuestiones. El tiempo pasado entre las elecciones generales y las autonómicas ha dado por asumido un acuerdo entre PSOE y Podemos. ¿No se devaluó el prestigio y la vigencia de ese acuerdo? ¿Hay que dar por cegadas otras opciones, otras geometrías variables?

¿La oposición al independentismo debe asumirse como fobia o ha llegado el momento de entrar en vías más realistas, duras, frontales, por otras simplemente civilizadas? No se descarten. En alguna medida resultarían tan razonables como deseables.

Y a todo esto el PSOE y Sánchez, en medio del barullo; ante decisiones que van mucho más allá del fin de semana. Hay más afectados, pero con esto basta para reconocer que las afirmaciones de la noche se han hecho menos rotundas a mediodía.

La jornada de reflexión empieza ahora. Las opiniones tienen un nuevo marco.

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