Al terminar la moción de censura con la investidura de Pedro Sánchez como nuevo presidente del Gobierno, una sugerencia para quienes preguntan qué tipo de compromisos ha asumido el dirigente socialista: salgan a la calle y comprueben la reacción de la gente. Más de la mitad de este país sonríe, aunque mañana será otro día y empezará un camino muy complejo y harto difícil.

La votación definitiva estuvo precedida de un debate que no solo fue el último de un periodo político sino también el primero de otro. El portavoz del PP –un personaje cuyos modos también merecerían algo parecido a una moción de censura– exhibió una estrategia de confrontación que enlaza con la que mantuvo durante todo el periodo de Zapatero y que preludia lo que habrá de venir. La tensión se renovará por esa vía, sin que a estas alturas pueda darse como seguro que se aliviará por otros.

La gente sonríe. Quizás no tanto como el 18 de octubre de 1982 e incluso el 14 de marzo de 2004, pero sonríe. No tanto por el futuro como por lo inmediato; no tanto por la confianza en un cambio relevante como por la salida de un presidente que suscitaba demasiada animadversión e incluso encono. Eso es lo que se celebra, que Rajoy ya no es presidente. Lo demás… está lleno de escepticismo, por las dificultades del reto y la dudosa capacidad de los interlocutores, de mayor a menor.

La última jornada de la moción de censura pasó desapercibida, pese a la furia Hernando, tan previsible como falaz. Su eco desapareció en el mismo momento en el que dijo su última palabra. Carecía de interés. Lo importante empezaba entonces y, pese a todas las cautelas que requiere la situación, el futuro empezó con sonrisa. Mayoritaria. Siquiera a primera vista.

Solo la mesura y la resistencia podrán llevar hasta el día después de mañana.

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