Algunos familiares, amigos y conocidos, que aparte de su condición de allegados coinciden también en ser residentes en Cataluña, me han manifestado en distintas ocasiones su queja por el trato que recibe su comunidad, país o nación (en esto hay divergencia), por parte de Madrid, el resto de España o la misma España (según los casos). Reconozco que, sin entrar a discutir dónde viven o con qué se identifican, tiendo a pensar que el que no vive donde parece o el que no se identifica con la realidad que le denuncian soy yo.

Es cierto que tengo dificultades para entender la geografía como un factor de identidades absolutas y capaces de diluir las que corresponden a las personas o, si se prefiere, a los ciudadanos. Es cierto que me muevo en un círculo de límites y contornos reducidos que quizás dificulte e incluso impida un reconocimiento correcto de lo que siente y expresa todos los ciudadanos. Es cierto que hay cosas y medios de comunicación que provocan bulla, pero representan poco o, en el peor de los casos, mucho menos de lo que quisieran o creen; y para demostrarlo, sólo atiendo a otros.

La tecnología ha venido en mi socorro. La radio del coche toma sus propias decisiones. Pongo por caso: cuando la frecuencia de SER FM se desvanece, opta por SER Talavera; cuando esta se pierde, por SER Plasencia; y cuando el norte de Extremadura se emborrona entre las montañas hurdanas, salta indistintamente SER Béjar u otra inidentificada que tapa el hueco, aunque proceda de otra madre. Y es justamente ahí donde se advierte el riesgo entre el ser y el no ser. Pura ontología.

En estas debía estar hace unos días cuando escuche unas diatribas contra los catalanes que me obligaron a detenerme aceleradamente (una acción que el lenguaje permite, aunque la conducción la desaconseja), para no acabar empotrado en una cantera de pizarra.

Mequetrefes, ignorantes, desinformados, imbéciles… proclamaban las ondas. Entonces me acordé de mis familiares, amigos y conocidos, allegados todos y residentes en Cataluña, y pregunté, dado que mi mi coche y yo solo escuchamos este ruido cuando todos los demás se desvanecen, si serán los ellos que hacen más caso a estos pendejos, para acabar pensando que quienes les ignoramos estamos igual de chalados que ellos. Y entonces comprendí que la chaladura se ha hecho global y se puede adquirir en cualquier chino.

He tratado de tranquilizarme leyendo a Laura Freixas: Una generación de catalanes.

 

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