“Mas divide al bloque soberanista y acerca las elecciones plebiscitarias”, anuncia El País. La Vanguardia reconoce la desunión del bloque soberanista. “El Periódico”, igual. El Gobierno, por boca de su presidente en el mismísimo Parlamento, lo interpreta como una guerra entre CiU y ERC. En las tertulias se abunda en el enfrentamiento partidista dentro de lo que fue un bloque.

Pero ¿cómo afecta esto a la sociedad catalana y a la española?, ¿qué provoca todo esto más allá del tactismo político? E incluso, ¿alguien cree que el pasado, pasado está? o ¿es mejor chocar que descarrilar?

Conjeturas:

Lo que hasta ahora fue un movimiento con una enorme capacidad para aglutinar a una parte relevante de la sociedad catalana, empieza a convertirse en un instrumento desintegrador que, en la medida en que puede poder potencia, tal vez derive en mayor agresividad; consecuencias de la frustración y la fragmentación.

Lo ocurrido en Cataluña no avala la actitud del Gobierno español. Al contrario, su empecinamiento inmovilista, y el de los partidos independentistas y sus secuaces en pro de una trayecto inviable, ambos homologables y favorables al fracaso y al desvarío, puede conducir a una fractura no más evidente, pero sí más irremediable.

Ahora mismo, unos se devanan los sesos para sobrevivir a su propia terquedad y otros se sienten satisfechos por haber quebrado el rumbo de una marea social indiscutible y digna de consideración e incluso de aprecio.

No, este momento no supone el fiasco definitivo de la idea que marcó el nuevo sueño social de multitud de catalanes en una época ayuna de valores y horizontes; ni tampoco el éxito de quienes renunciaron a crear opciones para el encuentro o el debate, y en última instancia para reunir razones y medidas que favorecieran  espacios de convivencia para sentimientos diversos, incluso enfrentados.

Si no hubo capacidad para orientar lo pasado, cabe temer lo peor de cara al futuro. Ni el triunfo de la ley ni el imperio de la realidad pueden amparar a estas alturas un compromiso estable y, menos aún, un consenso emocional contra el que han atentado personas de una y otra geografía.

¿Hay alguien dispuesto a descargar la formidable violencia de los símbolos? ¿Esta sociedad tiene capacidad para someter su futuro a acuerdos basados en la razón práctica y el compromiso cívico, abdicando de cualquier criterio ajeno al de la emoción y el encono? ¿Nadie va a pedir excusas y responsabilidades a todos los que  atizaron el fuego en beneficio particular?

Hoy, todo eso temo. Pero…

Nadie responde. Al pomo de la espada

y al cuento de las picas el postigo

va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!

(Manuel Machado)

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