Sorprende que los nuevos medios de la progresía en internet (o simplemente, la progresía enredada) hayan enfundado sus dedos en papel de fumar para abordar la crisis del gobierno andaluz: el enfrentamiento entre la presidenta y la consejera de Fomento, entre PSOE e IU, entre los símbolos de la izquierda que se echa a la calle y quienes sufren en silencio o en blanco y negro los embates de los que todo lo pueden, entre el populismo con que a veces se asocian algunas iniciativas que reivindican la vanguardia de la clase y el respeto a las normas convenidas que muchas veces coinciden con dilaciones o renuncias.

Al cabo de treinta y cinco años sin liar un pitillo, acudo, confuso e inerme, al papel de fumar.

Los hechos sin detalles: La policía desaloja un edificio de Ibercaja en Sevilla donde residían veintidós familias en la denominada corrala La Utopía. Los desalojados acampan ante el Ayuntamiento para reclamar una vivienda. La Consejería de Fomento decide realojar a diez familias en viviendas de la Junta y ofrece a las otras doce un alquiler privado. La presidenta de la comunidad desautoriza a la consejería, porque hay 12.000 personas en lista de espera de una vivienda, y amenaza con retirarle las funciones en esa materia. IU hace piña con su consejera y se niega a retroceder. La presidenta ejecuta su amenaza, aunque de manera provisional, mediante un decreto. IU suspende su pacto de gobierno con el PSOE. Ambos partidos se ponen de acuerdo: ratifican públicamente su compromiso, la presidenta revoca su anterior decreto, ocho personas conservan el realojo concedido 48 horas antes y a otras nueve se les busca un alquiler, mientras se analizan la realidad y las circunstancias de cada caso.

Aunque las explicaciones privadas quizás hayan sido otra cosa, las ofrecidas en público han resultado comedidas, como si hubiera voluntad de primar el acuerdo sobre el escándalo, el pacto sobre la crisis o el reparto sobre la división. Sin embargo, teniendo en cuenta las tendencias centrífugas y centrípetas de los protagonistas, la existencia de sectores en ambos bandos interesados en dinamitar el esfuerzo conjunto y común, la predisposición de mentores, gurúes y profetas (e incluso de algunos dirigentes callejeros) a alimentar la gresca, el asunto resulta relevante.

Mientras los medios progresistas enredadados se aferraban al papel de fumar (contundencia en la delicadeza), El País, proclive a un pacto PP-PSOE, abunda en el descrédito de la coalicion de izquierda en Andalucía. También otros más rancios se han unido en las críticas con un par de eslóganes para la reiteración: los antisistema tienen premio y la presidenta buscaba las elecciones anticipadas, pese a que quienes hacen estos cálculos tropiezan con la tozudez de los hechos: no salen las cuentas.

Por todo ello, este conflicto, de alguna manera y con todas las cautelas –o con la legítima desconfianza del que sabe que llueve sobre mojado–, ha puesto sobre la mesa algunos asuntos de cierto calibre. Por ejemplo, un cierto debate sobre la izquierda convencional y sus objetivos, sus símbolos e incluso sus medios; la dialéctica entre confrontación y cooperación desde posiciones distintas y diferenciadas en el marco de una sociedad acuciada por la barbarie de los fácticos; la tensión entre los principios de legalidad y solidaridad, de equidad y oportunidad, o la necesidad de coaligar un proyecto común de gobierno que no solo reparta cargos y funciones sino que establezca objetivos y procedimientos para así actuar con lealtad, transparencia y respeto a lo acordado y a las legítimas y convenientes diferencias.

Tal vez merezca la pena reflexionar, desde estas perspectivas, sobre el caso. Entre otras razones, porque lo contrario se puede confundir con las razones de la policía que desaloja, de la banca que desahucia o del ayuntamiento zombi, amparados todos ellos por un gobierno esquilmador que no ceja en el empeño y ciertos medios de comunicación o desquiciados o tramposos.

A lo mejor algo se mueve a la vista de que hay cosas (medidas, iniciativas, decisiones, acuerdos o vaya usted a saber) que pueden merecer la pena.

Falta hacen.

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