En la mesa de al lado del restaurante, una pareja con sus dos hijos. El pequeño, de cinco o seis años, junto al progenitor. La niña, de ocho o nueve, al lado de la madre. Es domingo. Han terminado el primer plato y esperan el segundo. No tienen prisa: el padre juega y sonríe con su hijo a propósito de lo que ven y oyen en el móvil, la mujer ha desplazado su plato para acomodar una tableta que le absorbe y la chiquilla se aplica con fruición a su smartphone. Ninguno levanta la vista del objetivo. Tampoco la retiran cuando el camarero les sirve la siguiente bandeja, aunque ahora se vean obligados a alternar la mirada, ora al plato, fugazmente, ora a la pantalla, con deleite. Los comportamientos se repiten antes del postre. Finalizado el trámite del almuerzo, los cuatro vecinos de refectorio se aplican con regodeo a sus respectivos aparatos. Hasta que unas palabras, las primeras que se pudieron escuchar en aquel rincón, indicaron que había llegado la hora de regresar a casa.

Había terminado la comida familiar.

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