A los partidos nacionalistas –si además de nacionalistas, catalanes, más a más– siempre se les ha colgado el sambenito de que, si tenían alma, era tan solo para poder venderla; por dinero, por pelas. Con el nuevo camuflaje del euro y del derecho a decidir casi nadie está ya seguro de las cosas vayan a quedar ahí. Ni propios ni extraños.

Sin embargo, la vieja fórmula sacacuartos ha cundido, ha creado escuela, y otros grupos, a los que nunca se hubiera identificado con aquel nacionalismo de comisiones, se dedican a zarandear espantapájaros –no menos nacionalistas, aunque los presenten al revés– con tal de conseguir réditos.

El presidente de la Generalitat valenciana cree haber encontrado el filón: o más financiación del Estado o no respondo de la fiebre independentista que caerá sobre el viejo reino; socialistas, iniciativos, podemistas y otras fieras amantes de la izquierda y la secesión, que para Fabra son lo mismo, impondrán fronteras con Murcia, Albacete y, tal vez, Cataluña, aunque en este caso no se sabe qué es peor, si la frontera o la reunificación de los Països. Todo esto ha insinuado; o dicho.

El peculiar presidente extremeño, por su parte, parece empeñado, en alternar en su menú gatos y liebres; no se sabe si para confundir, para proponerse a sí mismo como una coalición o para ser el dirigente bifronte. Lo último: si Rajoy baja impuestos; él, más. Lo del gobierno central le suena a pirripia, a engañifla, a ná de ná, y por eso él anuncia medidas ejemplares. La región más pobre renuncia a la caja. Si fuera por su presidente, solo él, el señor Monago, un camuflado, Mortadelo y Filemón en un único personaje, cotizaría al fisco.

Y así los nacionalistas del primer párrafo retornan a sus montes, se cabrean o convocan referéndums: ¿por qué regalar dinero a quienes se niegan a recaudarlo?

No hay quien lo entienda dada nuestra promiscua capacidad para liarnos…

¿Para liarnos o para beneficiar siempre a los mismos? Ilustran este comentario el artículo de Paul Krugman Charlatanes, cascarrabias y Kansas.

 

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