El 11M fue una movilización, que cristalizó años después en un movimiento, de cuyas brasas surgió un partido, que irrumpió en la política española rompiendo la rutina y las convenciones acumuladas en 30 años, al precio de incurrir en fórmulas ajenas, que  ahora lastran su futuro.

¿Puede ser esa la vida y milagros de Podemos?

De la movilización del 11M hay menos dudas que herederos. Algo es algo. Y del advenimiento de Podemos quedará para siempre su diagnóstico acertado –en cualquier caso, difícilmente refutable– de la realidad social y política de la España en que nacieron. El movimiento funcionó en una doble dirección: como incentivador de la participación y el debate públicos y como instigador de la renovación de la izquierda ensimismada en sus rachas de esplendor.

Los cauces legales y políticos previstos forzaron la reconversión de aquel movimiento en partido para pasar de las palabras a los hechos, de la reflexión a la acción, del foro público a la intervención efectiva. En términos castizos, de la prédica al trigo, de las musas al teatro.

Pareció conveniente. ¿Era necesario?

Hay días que invitan al sudoku. ¿Pero merece la pena retozar en el charco de si hubo ardid, señuelo, trampa…? ¿Interesa revolver esa duda o solo importa intervenir contra las lacras de una sociedad corrompida y dañada?

Entre el movimiento y el partido cabía un mundo. O varios. Pero cuando se juntaron la realidad de las cosas, el ritmo de la política, la presión de los medios y la condición humana de los actores surgieron demasiadas respuestas que no contestaban a las preguntas iniciales. Era de algún modo previsible. Frente a quienes trataban de imponer un relato nuevo se incrementó la fuerza acumulada del relato viejo, cada conquista sobre el tablero contenía renuncias o desvaríos y la contradicción habitó en un cuerpo imaginado para agitar banderas y sueños, los cielos.

Lo nuevo se impregnó de recursos asentados en las viejas artes de la acción pública. Los argumentos iniciales, los que armaron la crítica razonable del pasado, se revolvieron muchas veces contra los adalides de lo nuevo. Lo mismo que acusaba a los de afuera interpelaba a los de adentro.

Las dinámicas rompieron el dinamismo. Las elecciones impusieron su lógica y su ritmo. ¿Qué quedaba del decíamos ayer? Sin duda alguna, un tiempo que invitó a la reflexión y que, por necesario e incluso imprescindible, no puede darse por cerrado. También la pretensión de replantear los objetivos, que es tanto como articular un plan y una estrategia en circunstancias demasiado hostiles, aún más graves que las detectadas en el comienzo.

Las amenazas del diagnóstico inicial se han agravado y las soluciones requieren concreción y urgencia. El sorpasso importa menos, mucho menos, que esa avalancha que se nos viene encima cual desgracia de la naturaleza.

No lo es. De eso podemos estar seguros. Y de que las posiciones públicas de cada uno pueden ser cómplices de la tribulación que recorre los mapas.

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En ese marco, tal vez más genérico que general, surge el conflicto planteado en Podemos tras la propuesta de Íñigo Errejón de confluir con Mas Madrid en la disputa del gobierno autonómico. Nada extraño para una formación que ha priorizado las confluencias en aras de la pluralidad y la eficacia. Ahí están las mareas, los acuerdos con los comunes, Adelante Andalucía, Compromís y un buen grupo de alcaldes amparados por alianzas múltiples. Pero…

La propuesta de Errejón no resultaba, por tanto, estrictamente heterodoxa para una formación que a este respecto se ha mostrado bastante laxa. Al contrario; se puede considerar una iniciativa coherente e incluso, desde posiciones progresistas, acertada, en la medida en que amplía la apertura del campo, se refuerza con uno de los símbolos políticos de esta época (Manuela Carmena), opone el diálogo al dogmatismo y la voluntad de priorizar a la ciudadanía sobre el cliché social de los partidos. Pero…

El plan Errejón–Carmena encalló con los modos y los tiempos. Con las lógicas de la política convencional que establece que ese tipo de acuerdos requiere la información anticipada de los máximos dirigentes y el protagonismo aparente de las cúpulas oficiales. No cabía prever una reacción muy distinta a la real por parte del gobierno podemita. Y no tanto por razones lógicas como por los antecedentes en la pugna política interna, por la rivalidad de los ungidos, por las pendencias de los carismáticos, por el juego corto de los que se dicen investidos de estrategia y por los estadistas de taberna televisiva.

Nada se puede entender sin sus preámbulos. Todo se puede tergiversar con sentencias ajenas a la negociación y al debate El caso Errejón no es ajeno a las trampas que se urdieron bajo el señuelo de los círculos o el asamblearismo que ratifica a los convocantes y denuesta a los disidentes. Más allá de los egos y sus conflictos, de las tensiones que provoca la gestión de equipos y simpatías, nada se entiende sin las purgas al socaire de la unidad, sin las maniobras para acallar la alternativa, sin la obstinación en distribuir proporcionalmente respaldo y sumisión.

Y sin embargo, todo eso, a estas horas, se antoja secundario. Porque lo que está en juego es el futuro de Madrid y quién sabe de cuantos territorios más. En eso no parecen haber pensado mucho los ofendidos por la negociación a sus espaldas. Tampoco los que la amasaron a sabiendas del lío en que iban a meter a buena parte de los ciudadanos. En concreto, a todos los que hoy piensan que las perspectivas políticas están peor que ayer, pese a haber tenido opciones de que algo hubiera mejorado.

¿Le damos una vuelta al disparate o nos aferramos al atolladero?

 

Posdata

Algunos de los episodios que precedieron a la última batalla por el control de Madrid ya retrataban a los contendientes y anticipaban lo ahora ocurrido. Aquí lo resumimos con este titular: ¿Carmena sí? Podemos no.

Para Pablo Iglesias y su séquito el problema, antes que Errejón, era Carmena. O al menos, no solo era él. Lo reconoció cuando, tras el “Íñigo no es Manuela”, dejó caer que el ayuntamiento de Carmena se ha alejado de lo que fue en sus inicios; es decir, antes de que ella hiciera su propio equipo.

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