El presidente de Barça se va a ver al Papa, y el Papa le recibe (que esa es otra), a saber por qué. Son cosas que no me incumben ni siquiera me sorprenden. Son así,  allá ellos. Llama la atención el regalo: una camiseta. ¡Qué origina, otra camiseta! El Vaticano debe ser un ropero y, con gente tanto dadivosa como la que pasa por allí, va a tener que hacer pronto una ampliación, siquiera para trasteros. En realidad, al Papa no le hacen regalos con la finalidad de que le agraden, de que le gusten o de que los vaya a  guardar e incluso, pasado el tiempo, a desempolvar con cariño y una lagrimita de emoción.  Son para el trastero, en el mejor de los casos. Y se hacen para que le molen a la parroquia de quien los hace; en este caso, a los culés o catalanes en general.

 

En esta oportunidad el regalo tiene su aquel. Sobre la camiseta aparece impreso un nombre: “Papa Francesc”. La mayoría del personal pensará que el ilustre dadivoso se ha equivocado, que el Papa se llama Francisco, Jorge o a lo sumo papaPaco, que resulta más flamenco. ¿Pero Francesc? Hace tiempo nos enseñaron, y los que lo hicieron tenían razón, que a quien se llama Jordi se le debe llamar por su nombre; o sea, Jordi; que a Àngels, no se la debe reclamar al grito de Ángeles, sino de Àngels, y a  ser posible sin grito; que a Didac, no hay que decirle Diego, porque ese es otro; lo mismo que no hay que reclamarle como Jaime o Afrodisio.

Después de haberlo aprendido, ahora el president del Barça, entre denuncia de conspiraciones contra Catalunya por sus delitos fiscales o por un arbitraje, se ha ido a Roma a bautizar a Francisco como Francesc. Si se ha equivocado, no pasa nada: se manda otra camiseta por correo, que a lo mejor desgrava, y se modifica el recuerdo con fotoshop. Si no, habrá que convencerle de que quienes se empeñan en llamar Arsenio a Arseni o Mercedes a Merçe son unos iletrados o unos tontos; o ambas cosas a la vez, José María.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.