El segundo debate electoral de estas Generales llegaba lastrado por la duda sobre las razones que había inducido a sus promotores a aceptar la sustitución del candidato del PP por su menina, dicho sea como apelativo afectuoso de una mujer que demostró ser de armas tomar.

El tercero lo hace con el lastre de limitar a dos candidatos las oportunidades de mostrarse en público ante un auditorio formidable, pero con la exclusión de, al menos, dos contrincantes que acumulan (las encuestas publicadas así lo acreditan) razones suficientes para participar en la liza.

Si en el segundo se adivinaban las presiones ejercidas sobre el promotor para aceptar la sustitución, en el tercero no cabe la menor duda de que no solo ha contado con el apoyo de los intervinientes e incluso con el recochineo del que hasta ahora se había escaqueado, en el primero, en el segundo y ya veremos…

El Gobierno y sus adlaátares, que no son pocos ni mancos, han puesto condiciones al juego. Mientras los organizadores presumían de la libertad con que han diseñado los formatos, sus decorados o las condiciones adyacentes, unos y otros, todos, se han sometido a las artimañas esgrimidas frente a los careos. De menos a más: la silla vacía fue el símbolo del primero, pero impidió que la corrupción se convirtiera en el asunto central de la polémica; la vicepresidenta, la única dirigente que no había participado en ese tipo de contubernios, lo fue del segundo; el cara a cara del tercero permite a Rajoy devolver las acusaciones de robo y mangoneo, aunque no sean idénticas.

El primero de los promotores, El País, pudo castigar legítimamente en sus medios la incomparecencia del presidente, si la hubiera entendido como un desafío a la pluralidad exigible por parte de la ciudadanía; no lo ha hecho. El segundo, Atresmedia, pudo negarse a la sustitución o al reparto de velas en los entierros de quienes van a caer de sus cómodos pedestales, cerrando puertas a programas que siguieron abiertas de par en par. Habría sido discutido (como todo en estos casos donde la parcialidad abruma) y hasta puede que esa actitud sea legítimamente discutible. El tercero…

El tercero son dos. Aparentemente, en primer lugar, la Academia de la Televisión, una agrupación de escaso prestigio, repartidora de premios a quienes parecen dispuestos a agradecerlos y dirigida por profesionales con reputación manifiestamente mejorable, que han utilizado los debates electorales como plataforma validante de su interés público, frente a su inacción en los asuntos relevantes o el compadreo en los menores, y pese a la desaprobación casi unánime de los formatos, del modelo de moderación, de la renuncia al ejercicio del periodismo en cada una de las citas anteriores.

Y en segundo lugar, TVE. Sin su ofrecimiento para emitir el cara a cara, este no se habría celebrado, aunque, luego, una vez en marcha, otros canales se hayan sumado a la difusión; en algunos casos, con evidentes contrapesos al formato ahora planteado. La televisión pública estatal goza de poca salud y, a cambio, de un extraordinario partidismo. Sus telediarios ponen de manifiesto que solo pudo aceptar la iniciativa de la academia porque favorecía a su señor. Y ha bastado el despliegue de la primera edición del telediario del día de autos (los diecisiete primeros minutos se dedicaron a ello, con cuñas promocionales en el arranque de un informativo, algo nunca visto) para saber que el gato está encerrado. ¿Más detalles? Al margen del moderador, ¿puede aceptarse que el realizador sea, no solo una persona que profesionalmente se sienta en un control un día cada cuatro años, sino un miembro del Consejo de Administración de RTVE nombrado por el PP?, ¿un tipo que apoyó la expulsión de su propio hijo de la dirección de los informativos por haber ejercido como tal en la etapa de Fran Llorente, la que se recuerda por su afán de neutralidad y de decencia?

Con este preámbulo, imprescindible para contextualizar lo que está pasando sin que lo estemos viendo, puede empezar el tercero de los debates, el único cara a cara, la última confrontación (¿por cuánto tiempo?) entre los líderes del PP y el PSOE en horario estelar. El morbo está servido: al menos uno de los contendientes deberá plantearse el mismo 20D si ha llegado el momento de apartarse del escenario público. Y puede que los dos. ¿Cómo se evaluará este cara a cara a título póstumo?

Reconozcamos, por tanto, su interés.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.