El mundo rural ha encontrado un eslogan cargado de referencias y de estímulos, La España vacía, término acuñado por Sergio del Molino y concepto reivindicado por otros muchos defensores. En esa relación se debe incluir a Alejandro López Andrada, promotor cultural, poeta, ensayista y narrador, que ha publicado El viento derruido. La España rural que se desvanece (Almuzara, 2017), donde combina diferentes géneros literarios en favor de una reflexión a partir de la íntima vivencia de un pasado en trance de extinción en torno a la tierra donde nació y en la que se aferra a vivir: la comarca andaluza de Los Pedroches, en el quicio con Castilla la Mancha y Extremadura.

Alejandro López Andrada reconstruye su propia experiencia en un espacio que explica a quienes lo habitan. Lo hace con la emoción de un narrador que se describe a sí mismo cuando relata el lugar donde vive, de la misma manera que describe ese territorio cuando se recuerda a sí mismo o recoge la experiencia de quienes, habiendo compartido el mismo suelo, le precedieron en el tiempo. La narración expresa la sublime emoción de lo sencillo, su música.

Este libro surge contra el olvido y, tal vez aún más, contra la indiferencia. Quizás por eso los momentos más intensos coincidan con aquellos en los que el narrador se inserta en el paisaje y sus descripciones explican su experiencia, cubierta por la pasión y buenas dosis de melancolía ante el mundo que desaparece. Si este tiempo se corresponde con las postrimerías de un espacio concreto, el autor, y quienes comparten con él la reflexión en torno a ese acontecimiento, percibe en él su propia decadencia. Y gracias a ello, este himno a la melancolía, tiene más allá de lo elegíaco, una reivindicación del lugar que enaltece al ser humano. Y del hombre que se construye a través de su íntima relación con la naturaleza.

En El viento derruido el ensayo es autobiografía. También una exposición de paisajes que describen al ser que los habita y los modifica. Los restantes personajes que intervienen a lo largo del libro son simultáneamente cuadros de esa muestra pictórica y elementos de aquella biografía. Quizás por eso el sentimiento recorre la narración y las metáforas inundan el relato; porque se trata de un libro apasionado y pasional.

Con motivo.

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