No era muy dado a participar en manifestaciones. Entendía en muchas ocasiones a quienes las convocaban y a quienes las secundaban; compartía las razones que las hacían necesarias. Reconocía que proponían derechos, criterios y sentimientos con frecuencia indiscutibles, urgencias sociales, cuestiones elementales, pura decencia.

Sin embargo, remoloneaba antes de sumarse al grupo y solo lo hacía una vez iniciada la marcha, siempre entre desconocidos, en el más profundo anonimato. Bastaban las primeras consignas, los cánticos convenidos, las reivindicaciones ripiosas, para sentirse extraño; caminaba en silencio, la cabeza gacha, acuciado por una sensación casi gremial que alentaba su deseo de hacerse transparente.

A medida que el entusiasmo de los manifestantes se expandía, empezaba a menguar proporcionalmente la firmeza de sus convicciones previas. El volumen de los gritos y la proliferación de los gestos acrecentaban las dudas previas a su ingreso en la muchedumbre. La algarada se transformaba, o así lo entendía él, en mero desahogo en lugar de instrumento para reformar o transformar la vida.

Solo volvía a su casa después de disfrutar de algún rato de silencio tras su huida.

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