¡Qué difícil es vivir con el PP en la oposición! Más aún que con el PP en el Gobierno. En este caso los ciudadanos, ante la pérdida de expectativas y derechos, se alivian esperando que un día escampe. Cuando el PP ocupa la oposición, se deshace cualquier ilusión frente a su empeño de poner en riesgo la convivencia, lo único que a veces producía cierto sosiego.

Desde la moción de censura a esta parte el PP se ha encargado de agitar el avispero, de convertir el debate en un fangal, de pervertir la reflexión y el entendimiento. Solo así se explica lo que en estos días ocurre. Es tan grave la barbarie que proclaman que no encontramos tiempo para reclamar a otros, también bárbaros, que entren en razón.

El conflicto generado por el Procés se ha convertido en un delirio. El Gobierno de la censura repartió ciertas dosis de lexatín (y no ibuprofeno, como señaló Borrell), pese al inmovilismo de Waterloo y su administración vicaria (o sea, Puigdemont y Torra con sus afines místicos). El redoble del PP ha acallado las divergencias en el espectro independentista y ha conseguido que, mientras unos jalean con frenesí a Casado y sus secuaces, otros se ven obligados a pedir seny y prudencia al Gobierno español sin que nadie reclame prudencia y seny a los secesionistas.

Una discusión realista y comprometida entre los denominados constitucionalistas (a saber qué cosa es esa) era y es tan necesaria como una discusión similar entre los nacionalistas catalanes, donde solo asoman algunas divergencias que el barullo de los nacionalistas españoles pronto acallan.

Con todos sus vaivenes, sí, hay algunos actores destacados de la política española (que no son solo los que pisan los parlamentos) que tienen pleno derecho a exigir que los adalides del Procés se muevan. Que ya va siendo hora. Por respeto a la sociedad española e incluso a sus votantes.

Pero Casado y sus secuaces, con Vox y Ciudadanos azuzando cada vez que pueden, no cejan. Y no dejan tener la vida en paz. Es decir, convivir.

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