Otra vez al lío, a la zozobra, incluso al miedo. El Gobierno espera la respuesta del Govern. Apenas faltan 30 horas para que se cumpla el plazo de la respuesta exigida: ¿sí o no? Después, cabe temerlo, comenzará otro plazo: el requerimiento del Gobierno al Govern para que retorne a la legalidad, para que renuncie a la quimera, para que desengañe a los suyos y los explique los riesgos del abismo.

Nadie sabe qué improvisará el Govern en este punto. Sus huestes se han dividido. Unas dudan, temen que un paso más conduzca a un foso sin salida o a un refugio rodeado de espinos. Otras reclaman una posición tajante, intrépida, iluminada; si la épica asume el riesgo de un destino trágico, el caos anima el proyecto revolucionario.

En algo de eso estamos.

Metidos en el territorio de lo absurdo ya no se sabe cuál fue la verdadera pregunta que el Gobierno planteó al Govern. ¿Esto es la independencia? Esa parecía. Pero algunos entienden el interrogante de otro modo: ¿Esto es la guerra? Reivindican a Gila, pero sin asomo de ironía. En su mente ya se avistan los tanques por las Ramblas, los cañones sobre Collserola, un destructor en el puerto Olímpico.

La exageración distorsiona el miedo o, tal vez, el deseo. Hay quienes temen la bronca tanto como la desean. Por lo menos. Dicen no querer víctimas, pero nadie duda de que exhibirían a los mártires. En el otro lado cualquier propuesta metida en razones requiere mucho más tiempo.

Sin embargo, el horizonte inmediato es breve: el plazo que se cerrará en unas horas, dará paso a otro –de tres días– para solicitar la vuelta a la legalidad y, luego, a un tercero para proponer al Senado cómo se quiere aplicar en concreto ese artículo cuasi mitológico y totémico de la Constitucion, el 155.

Aún hay tiempo para entender. Para escuchar, por ejemplo, a Raimon Obiols su reflexión sobre Catalunya y la ley de la gravedadPara atender a Vicenç Navarro, que ha hablado de lo que debería ser el meollo del debate –la crisis social que implica en buena medida lo que ocurre–, de la necesidad de una izquierda reagrupada frente a una derecha que recuerda por momentos otros tiempos, de los errores del independentismo catalán. Para reflexionar sobre argumentos discutibles, divergentes, que requieren una cautela cada día más necesaria. Para recrearse con Otoño del 59, verano del 66, un escrito de Juan Marsé a su amigo Jaime Gil de Biedma con el deseo de reencontrar sentimientos y expectativas comunes a otros muchos.

Cautela y lucidez para discutir sobre cuestiones de interés como la falta de atractivo del independentismo entre la clase trabajadora de Cataluña, como el hecho de que a mayores ingresos por hogar más apoyo a la independencia y a menores ingresos por hogar menos apoyo a la independencia, como la responsabilidad de prometer soluciones imposibles, como los costes de la independencia… Pero también para replantear lo que alguna vez debería ser posible.

Por ejemplo, una alternativa en la línea que esbozó Vicenç Navarro que trate de “desenfatizar la independencia y enfatizar, en su lugar, la creación de una nueva Catalunya en colaboración con las izquierdas españolas que están intentando cambiar España. La creación de la nueva Catalunya hubiera podido ser el punto de inicio del cambio en España, ayudando al pueblo español a que percibiera que la lucha por el derecho a decidir en Catalunya era también la lucha para transformar España. La estrategia a seguir hubiera sido la democratización de Catalunya y de España, en un proyecto de profunda transformación democrática, poniendo la resolución de la Gran Crisis Social en el centro de las luchas para conseguir la plurinacionalidad. El paro general del 3 de Octubre, liderado por fuerzas que pusieron como objetivo la propuesta democrática, era un indicador de que tal estrategia era posible. El hecho de que no se hiciera así ha hecho un daño irreparable a Cataluña y a España. El hecho de que se haya enfatizado tanto el tema nacional, polarizando la sociedad entre independentistas y defensores de la “unidad nacional”, está debilitando enormemente a las fuerzas progresistas democráticas y muy en particular a las izquierdas, facilitando con ello, la reproducción de las sensibilidades neoliberales que han estado liderando los dos polos en esta polarización”.

Pero va a ser que no. Parece preferible tener miedo o alentarlo. Y solo resulta factible (eso nos muestran una tras otra todas las tertulias, como la que emite el televisor mientras escribo) el grito de los que ni siquiera oyen.

 

 

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