Cuenta atrás hacia la próxima decepción

14D

La última semana de campaña electoral se inicia con la expectativa del debate postrero: el último, sí, y con vocación de póstumo, porque uno de los litigantes, al menos, no sobrevivirá cuando llegue el siguiente.

Lo protagonizarán, cara a cara, los representantes de los dos partidos clásicos, aunque en él se entrometerán de  una u otra manera los excluidos de este combate final: Ciudadanos, Podemos e incluso la Izquierda Plural. La televisión aún manda, sus audiencias resultan todavía abrumadoras, pero ahora existen grietas que la debilitan: el boca a boca de las redes sociales lo mismo la amplifica que la distorsiona y la comparecencia de los excluidos –como comentaristas– en alguna cadena les permitirá, fuera del guión inicialmente previsto, un último turno de palabra; tanto más eficaz cuanto menos deseado por los acaparadores del tiempo de juego.

Empieza, pues, la cuenta atrás para resolver la indecisión que parece definir las horas previas al 20D; se abren, en fin, los últimos capítulos de La campaña de la incertidumbre. Con este mismo título Jorge Galindo publicaba ayer en El País un artículo en el que reflejaba con precisión el actual estado de la cuestión: las posiciones de los contendientes, los movimientos posibles en este momento del juego, las tácticas con las que unos y otros pretenden mejorar posiciones…

De ese relato sugerente cabe deducir que en esta partida los ciudadanos son fichas que unos pocos manejan (o si se prefiere, mueven, a veces con ocultaciones o engaños), que en esta contienda por el poder sólo importa el resultado final, que los valores, los programas, las propuestas y hasta los compromisos más nobles a los que se alude de manera continua forman parte del atrezzo o el ropaje con el que se acude a la batalla para protegerse o para camuflarse, para distraer al contrario o para desorientarlo, y también para decidir quién suma más efectivos sobre el terreno; es decir, quién tiene más fieles dispuestos a ser en algún momento engañados.

Quizás por eso sean tantos (o seamos) los que, a siete días de la cita, aún andamos buscando un lugar donde refugiarnos. Esta batalla se resolverá sin nuestro consentimiento y más vale creer que hicimos lo que estaba en nuestra mano, mientras llega el día de eludir estrategias o artimañas para pensar que compartimos un empeño.

Otro sueño con vocación de póstumo.

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Este día tiene otro argumento

que invita a reflexionar sobre el lugar en que habitamos y lo que decidimos. Los franceses han impedido el gobierno del Frente Nacional en todas y cada una de las regiones del país, tras ser éste el partido más votado en la primera vuelta. La derecha tradicional y los socialistas se han repartido el poder.

Con ese objetivo, el PS llegó a pedir el voto para sus adversario en algunas circunscripciones, retirando sus candidaturas en la segunda ronda, para evitar a las Le Pen y a sus camaradas aún a costa de entregar el gobierno a sus competidores tradicionales. Un gesto más valorable desde el pasado reciente (Francia recuerda con horror el paso del fascismo) que desde el futuro, porque los nuevos fascistas han conseguido que la derecha tradicional se asemeje demasiado a ellos y que los socialistas también miren en esa dirección para permanecer vivos.

La República conserva un aura digna de respeto, pero la realidad no sueña. En su defensa la sociedad francesa acudió mayoritariamente a las urnas, a diferencia de lo que decidió en la primera vuelta.

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