Querida señora Francis:

La confianza que desde niña profesé a su consultorio y la grave tribulación que me aflige me obligan a solicitar su consejo con la esperanza de aliviar así la zozobra que me aflige. Solo usted, estimada señora, supo iluminar nuestras conciencias durante los momentos anteriores a la tan cacareada Transición y sólo usted puede volver a hacerlo en este tiempo tan necesitado de las firmes convicciones que usted nos transmitió y que algunos de sus discípulos tratamos de recuperar con renovados y generosos empeños.

El asunto que me acongoja tiene que ver con un niño que aún no ha cumplido dos años de edad. Se llama Guito; o mejor, yo he decidido denominarle Guito para que en ningún caso esta carta tan íntima pueda interpretarse como una denuncia orientada a ocasionarle algún tipo sanción o castigo a la criatura.

Verá usted, estimada señora. Ayer mismo sus padres, los de Guito, a quienes me une una buena amistad (otra razón para que llame Guito al que no es Guito), me requirieron a fin de que cuidara de su hijo durante unas horas, porque el pequeño padecía una especie de urticaria sobrenatural que enrojecía todo su cuerpo desde las plantas de los pies hasta el cabello, como si el pobre chiquillo se hubiera escondido, de cuerpo entero y desnudo, en un panal de rica miel, dispuesto a disputar el manjar a cada una de las quinientas mil abejas que lo poblaban. Pese a todo, el niño parecía contento, cariñoso, hasta sonriente.

deguisement-diable-rouge-garcon-halloween_223565_1Aún más, señora Francis. Debo confesar que, aparte del aspecto tan rojamente encendido del chiquillo, me sorprendió que Guito hablaba sin parar y parecía dotado repentinamente por el don de lenguas del que supe hace ya muchos años leyendo la Biblia, lo que me remitió a esa urticaria sobrenatural que mencioné antes, aunque no tengo más remedio, señora Francis, que advertirle de que aquella efusión parlanchina más que sobrenatural pudo ser demoníaca.

Ruego que disculpe mi disgresión y mi azoramiento, debidos tanto a la sobreexcitación de la experiencia referida como al profundo respeto que le debo, señora Francis; todo ello me aturrulla. Se lo explicaré mejor.

Durante un buen rato Guito habló y habló, comentando los dibujos animados de la tele o cualquier juego que le proponía, aunque sin entender muy bien lo que la criatura exponía, ya fuera porque las palabras salían mal articuladas de su boca por la resistencia del chupete incrustado en medio de la rojez de su rostro o por la sordera que padezco y que me aleja, cada día más, de las cuestiones mundanas que se debaten a mi alrededor.

Por fas o nefas, lo cierto es que solo entendí un poco de lo mucho que el niño parloteaba hasta que, en un descuido del muchacho, conseguí arrancarle el apósito de sus fauces y descubrí que Guito vocalizaba estupendamente, que se expresaba con pulcritud y concisión e incluso que conseguía describir sus percepciones con nitidez gramatical.

– ¿Qué te pasa, Guito?, le inquirí.

– ¡Pica!

Respuesta tan clara, como demoledora. No cabía alternativa a tenor del aspecto escarlata.

Quise entonces limpiar los mocos que amenazaban a su brillante e imponente rojez y él regresó con una caja de pañuelos completamente vacía.

– No hay.

Otra explicación tan nítida como cargada de lógica.

– A lo mejor tengo yo, respondí.

– No.

Lo comprobé. Había olvidado los kleenex en mi casa. ¿Pero cómo podía saberlo él? Así empecé a sospechar que aquella criatura estaba poseída por un don sobrenatural. Eché mano del papel higiénico del servicio, le quité los flujos nasales con cuidado, pensando en mantener limpio su rostro y preservar la granulada rojez de cualquier elemento contaminante, cuando, de repente, en un instante ínfimo, Guito entró en un estado de excitación progresivamente febril.

– ¡Eta!

– ¿Qué dices, Guito?

No sé si pregunté o exclamé. El niño respondió.

– ¡Eta, Eta!

– ¡Guito, Guito, que no tienes ni dos años…!

Perdidos los nervios y abandonada cualquier compostura infantil, su rojez se abrillantó hasta deslumbrarme, lo que, quizás como fruto de la confusión del momento, me llevó a ver en él actitudes y enojos más propios de un auténtico diablo que de un infante atribulado.

– ¡ETA, ETA, ETA!

Asì redoblaba el volumen de su grito y multiplicaba la reiteración del escarnio. Anonadada, me pregunté si la rojez ya descrita era tal o expresión directa de un rojerío congénito, nada extraño dado que sus padres son periodistas y que uno de ellos trabaja, para colmo, en La Sexta.

Indefensa, sin saber qué hacer, le confieso, querida señora Francis, que perdí los nervios y con ellos a rastras me dirigí a la despensa, me zampé un par de magdalenas, sin más, en seco, para superar la ansiedad que me provocaba la furia terrorista de Guito, tan solo equiparable a la de un titiritero a punto de esgrimir el irrefutable argumento de su cachiporra. No había manera de contener al niño.

– ¡ETA, ETA, ETA, ETA!

Le introduje otra magdalena, entera, en la boca. A poco se ahoga, pero en un esfuerzo espasmódico la escupió con el desprecio de quien se cree superior, dotado de un conocimiento o un derecho que a los demás no alcanzan.

Y ahí empieza, señora Francis mi dilema, mi problema, la angustia que me atenaza. ¿Qué debo hacer? En algún momento pensé en llamar a un exorcista, pero, dada la convicción con la que Guito pronunciaba las palabras fatídicas, deduje que su comportamiento sólo podía ser consecuencia de una persistente educación antisistema, anarquizante, orientada a la captación y al adiestramiento del pequeño para su inmediata integración en una célula integrista.

Sin embargo, no me he atrevido a acudir a una comisaría, a la fiscalía o al juez de guardia, porque, convencido de que cualquiera de estos estamentos adoptaría inmediatas medidas coercitivas, conformes con su tradición democrática, todo ello ocasionaría un profundo disgusto a los amigos que me encomendaron el cuidado de su hijo.

Ese es mi dilema, señora Francis, ¿cómo debo proceder? Estoy desconcertada, deprimida, asolada por unos sentimientos tan contrapuestos. Los padres de Guito aseguran que el niño tan solo reclamaba una galleta, pero supongo que usted, señora Francis, como yo misma, despreciará esa excusa tan infantil, porque, si hubiera sido así, Guito no habría escupido contra mi rostro la magdalena con la que traté de atemperar su ira.

Quedo a la espera de su sabios consejos, querida señora Francis, animándola a reabrir su consultorio, tan necesario estos días como en aquellos tiempos, tan lejanos pero tan necesitados de las certezas que usted supo transmitirnos a una generación que se renueva en cada dificultad.

Agradecida, quedo a la espera de su respuesta.

Firmado: Una amiga atribulada, cuarenta años después.

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